El pasado 19 de noviembre me levanto y
veo que en las redes se anuncia el desalojo del Campamento de la Paz, por las
fuerzas del ESMAD y la policía. Como si una manifestación social pacífica se
tratara de un acto de “desorden” como lo manifestaron el alcalde de Bogotá y
cientos de ciudadanos en las redes sociales. Como si sus participantes fueran
una escoria social. Y así lo fueran, como si ellos no pertenecieran también al
suelo de Colombia, al suelo del planeta. La protesta pedía dos cosas: la firma
de un nuevo acuerdo, y una ruta clara de implementación. El sábado, ninguna de
las dos cosas estaban listas, y en las noticias se presentaba la desaparición
de 13 líderes campesinos o de izquierda, durante los últimos días.
Una vez más me sentí desterrada, desplazada, silenciada, ocultada, diluida como cualquier movimiento que en Colombia piense distinto, o proponga una nueva forma de política o sociedad. Y no, no soy guerrillera, no soy marihuanera, no soy vaga, no pertenezco a ningún partido político. Soy una ciudadana que no quiero más arreglar los conflictos violentamente. Sentí miedo.
Una vez más me sentí desterrada, desplazada, silenciada, ocultada, diluida como cualquier movimiento que en Colombia piense distinto, o proponga una nueva forma de política o sociedad. Y no, no soy guerrillera, no soy marihuanera, no soy vaga, no pertenezco a ningún partido político. Soy una ciudadana que no quiero más arreglar los conflictos violentamente. Sentí miedo.
Este proceso que vivió el Campamento me
hizo hacerme consciente de tres cosas: Primero, que en Colombia la mayoría de
las personas no tienen ni idea de que como sociedad, la única forma de
participación política real del ciudadano común es la protesta pacífica,
amparada por leyes internacionales de derecho humano de la ONU. Segundo, me
hizo ver que la protesta pacífica es el único mecanismo real que tenemos, si
pretendemos presionar al estado a que cumpla las responsabilidades para las
cuales se votó por él. Las campañas electorales prometen cientos de cosas que
quedan en el tintero, y ninguno de nosotros hacemos nada, seguimos derecho, sin
ejercer nuestro único argumento para tener voz: el quejarnos, el unirnos como
sociedad a decir que los gobernantes son nuestros representantes, y por lo
tanto, somos nosotros los que decidimos el destino del país, no ellos con sus
intereses. Tercero: que la plaza pública nos debe mucho. Que la plaza pública
es el lugar donde nació la democracia, y es el lugar que debe sostenerla. No
podemos dejar acallar las manifestaciones pacíficas de las plazas públicas,
porque una sociedad que prefiere una plaza “limpia” de pensamiento, así sea
diferente, es un país en donde no existe la verdadera democracia.
Lo que pasa es que tenemos miedo, un
miedo antiguo, doloroso y excluyente. A los dieciocho años tuve por primera vez
la oportunidad de votar en Colombia. Recuerdo que con gran ilusión de joven,
obtuve mi cédula de ciudadanía, la que me garantizaría votar por mi primer
representante político en la vida adulta: Luis Carlos Galán Sarmiento, quien
proponía un cambio en la sociedad, acabar con la corrupción política de un país
donde gobernaba el narcotráfico, y donde la guerrilla tomaba una fuerza
inmanejable, que me había provocado a mis catorce años un fuerte trauma: la
toma del Palacio de Justicia y mi primera crisis de fe en la existencia y en
los seres humanos. No era posible que uno pudiera tener esperanza en un futuro,
en un país donde estas cosas podían suceder. No era la primera vez, ya otras
cosas terribles habían pasado: la toma de La Embajada, las manifestaciones
estudiantiles de la nacional con piedras, policía antimotines y gases
lacrimógenos, los noticieros que inundaban de noticias negativas los pocos
espacios en donde me relacionaba con lo que ocurría más allá de las cuatro
paredes del micro mundo seguro que me proporcionaba el pertenecer a una familia
colombiana de clase media, estudiando en un colegio para personas de estratos
cinco y seis, y viviendo sin embargo una crisis financiera familiar, que me
permitió conocer algunas incomodidades y realidades económicas desde muy joven.
El 18 de agosto de 1989, mi primer
representante político fue asesinado cruelmente en medio de la plaza pública en
la localidad de Bosa. Recuerdo que lloré y sentí una infinita impotencia ante
lo ocurrido. No voté en esas elecciones, porque principalmente no sentía que
César Gaviria representara mis anhelos y esperanzas de joven, con pocos
conocimientos sobre nada, pero con un corazón vivo, ansioso de libertad,
soñadora profunda de un mundo mejor, creyente y esperanzada en un país en paz,
en donde algún día se pudiera aplicar lo que empezaba a aprender en mi carrera
de Economía sobre un mundo más justo e igualitario. Durante todas las
elecciones que prosiguieron durante 25 años más de mi vida, jamás me dieron
ganas de votar. En el año 2010, a pesar de que me encontraba en Brasil, por
segunda vez sentí que alguien me representaba realmente, y se me despertó
nuevamente el deseo de regresar del destierro como ciudadana política, que me
había impuesto por conciencia, por convicción. Nueva decepción. Luego de unas
elecciones presidenciales, campañas y debates manipulados por los medios de
comunicación y los principales dueños económicos del país, una nueva decepción
política surgió en mí y decidí nunca más inmiscuirme en los asuntos políticos
de un país que claramente lo veía metido en una plutocracia insoportable, en
donde mi voz, y las de la mayoría, jamás serían escuchadas. Entonces ¿Para qué participar?
El pasado 2 de octubre, fue mi tercer
intento de regresar del destierro. Esta vez me encontraba en Guadalajara, pero
sentí un inmenso deseo de apoyar el “Si” al apoyo de los acuerdos logrados tras
seis años de conversaciones en la Habana entre el gobierno y la guerrilla de las
Farc. No pude votar, pero hice mi pequeña campaña en las redes sociales. Ese
día, por la tarde, ante una abrumadora pequeña diferencia, el corazón se me
paralizó por un microsegundo. El país estaba polarizado, y el “No” había ganado
en las elecciones. Indignación, incomprensión, impotencia, me motivaron a
estudiar por días qué era lo que pasaba en Colombia. Estudié los cien años de
guerra que comenzaron con la Masacre de las bananeras, la formación de la
guerra civil entre liberales y conservadores, el asesinato de Jorge Eliecer
Gaitán, los procesos de formación de las guerrillas, El plan de las Américas
que eliminó sistemáticamente los pensamientos opuestos a la imposición del
capitalismo en América, los procesos del surgimiento del paramilitarismo, los intentos
fallidos por lograr la paz en distintos gobiernos, el asesinato sistemático y
la desaparición forzosa de 3000 militantes de la UP, partido político que
surgió ante uno de los intentos de paz fallidos, las cifras espantosas de la
guerra, los desplazados, el proceso de desmilitarización de los paramilitares,
los falsos positivos, los exiliados (entre ellos un hermano) y volví a llorar.
Tal vez mis lágrimas no le sirvan a usted para nada, tal vez la contracción de
mi corazón no ejerza en usted efecto alguno, ni es lo que pretendo, solo quiero
relatar un algo que me aprieta desde ese día, y que ha hecho volverme a
interesar en una mirada política de la realidad colombiana.
El 13 de octubre, se instaló en la Plaza
de Bolívar en Bogotá un símbolo poético y social de resistencia pacífica EL
CAMPAMENTO POR LA PAZ. Desde el primer día lo seguí con atención, entraba todos
los días a ver en la distancia la realidad del día a día, pedí colaboración
entre familiares y amigos para que ayudaran en esa campaña que por cuarta vez
representaba mi voz, las necesidades de un cambio, la manifestación de un
pueblo representado por indígenas, estudiantes de universidad, doctores,
madres, desplazados, artesanos, artistas, víctimas de la violencia, gente que
votó por el sí, que votó por el no, que no votó, ciudadanos españoles,
mejicanos, alemanes, argentinos y de muchas otras nacionalidades que unieron
sus manos en pro del destino de un país para quien la guerra no en más una
opción. Una vez más, la voz fue silenciada, a las malas, como siempre en este
país. Y volví a sentir miedo, pero esta vez con una fuerza renovada, para ver
si como sociedad nos unimos para apoyar las voces de los que no tienen voz,
para construir un nuevo país, con las garantías que se necesitan para que incluya
a todos, incluso a los que piensan distinto o tienen otra idea de sociedad. O
quedarnos estáticos, viendo como el país sigue en manos de unas oligarquías
inamovibles, que no incluyen todas las voces, y que escuchan solo las que les
convienen, como se evidenció el sábado, cuando la parte “política” del
campamento se retiró, y al retirarse…ya saben la historia.
