Era una tarde de sábado en la casa
de la abuela. Esas tardes que se repiten semana tras semana desde hace más de
veinte años, y que nos hacen sentir que contamos con otros seres a nuestro
lado. Una tarde de esas normales, en donde a veces pesan los gritos que parecen
inmortalizados, o las conversaciones bizantinas, que más parecen una pelea de
egos por ver quién tiene la razón, que una reflexión para hallar una
conciliación o verdad en un asunto de la vida. Una tarde de esas normales, en
donde después del almuerzo, la primera tanda de comensales ya servidos se va
dirigiendo como en un ritual conocido y viejo hacia la sala, a recibir el
delicioso tinto fabricado por la tía Margarita.
Pero había algo diferente en esa
tarde. Después de las discusiones bizantinas, y las charlas interminables sobre
cómo cambiar el país, antes de pensar en cómo cambiar la vida y los valores de
la familia, se hizo un profundo silencio, raro, muy raro en esas tardes de
reunión. Sin saber cómo, el silencio se mantuvo durante varios instantes, hasta
que en medio de esa tranquilidad, la tía Susan tomó la palabra para contar algo
que le había ocurrido el fin de semana en un paseo de la Facultad.
Era domingo, y desde hacía varios
meses se había organizado en la Facultad donde trabaja el tío un paseo por las
montañas de Guatavita. El encuentro sería en la tienda del pueblo, al lado del
parque principal, un lugar fácil de hallar para todos. Desde las nueve de la mañana fueron llegando
los primeros participantes de la jornada, quienes, mientras esperaban a los más
retardados, iban conversando sobre el lugar a donde irían. Algunos comentaban
la belleza del camino a los que no lo conocían, el tiempo en horas y en
kilómetros que tardarían en llegar hasta la altura máxima, desde donde se podía
contemplar una vista sin igual de la laguna. En el transcurso de media hora de
espera, ese fue el único tema de conversación de los que iban apareciendo,
mientras a la vez compraban las botellas de agua, o las meriendas para la
mañana. De otro lado, un pequeño grupo se dirigía al restaurante que parecía
más decente, con el propósito de separar varias mesas para las 20 personas que
llegarían a eso de las dos de la tarde a almorzar, luego de la caminata. Parece
que todo el pueblo se enteró de la travesía de los forasteros.
Ya a la hora de salir se contaron
las cabezas. Faltaba solamente una persona, pero ya se hacía muy tarde y era
necesario emprender de forma inmediata la caminata. Justo en ese momento, una
flota paró del otro lado de la plaza, y a lo lejos unas manos avisaban que lo
esperaran. El muchacho llegó corriendo, secó el sudor sobre su frente con su
camisa, y pidió disculpas por la tardanza. La tía Susan no pudo evitar mirarlo
de arriba abajo. Era un individuo que no estaba en el “nivel” de los demás.
Empezando por sus tenis, bastante ordinarios y sucios, comparados con los resplandecientes y de marca
de cada uno de los demás participantes del paseo. Igual la ropa, y la
presentación en general de esa persona que era totalmente desconocida para
ella. Sin poder evitarlo, mientras avanzaban en la caminata, Susan se hizo al
lado de la secretaria del decano, y le preguntó quién era ese muchacho que tras
de todo llegaba tan tarde y sudado.
-
Es un asistente del
decano para un “Trabajo
especial”.
-
Ah –dijo la tía Susan,
quien además pensó para sus adentros en un tono algo despectivo: ¿Qué será lo
que tiene ese muchacho como para haber sido contratado para algo “especial”?
Durante la primera hora de caminata
se deleitaron con el silencio de la montaña, con el verde continuo y exuberante
del paisaje, con el aroma delicioso y fresco del oxígeno puro. Venían de la
ciudad, en donde el verde del paisaje es interrumpido todo el tiempo por las
torres de cemento, donde el sonido de los pájaros es opacado por los pitos de
los autos, y en donde el oxígeno es viciado constantemente por el hollín de las
fábricas y los autos. Se sentían en pleno contacto con la naturaleza, y en un
estado de dicha que cualquier humano quisiera repetir, o mantener en el
transcurso que queda de su vida. El cansancio que se sentía era compensado por
la belleza del sentimiento en el que se encontraban. Cuando les faltaban apenas
unos minutos para llegar a la tan anhelada cúspide, de entre unos matorrales
salieron cinco hombres armados con cuchillos de carnicero oxidados. Sus caras
eran tapadas por medias de nylon, y sus voces distorsionadas les hacían a los
paseantes la primera exigencia:
-
¡Todos al piso!
La tía Susan buscó al tío antes de
cumplir la orden. Estaba bastante lejos de ella, pues cada uno venía
conversando con las personas más queridas de la oficina, con quienes tenían
poco tiempo de compartir generalmente. La tía trató de avanzar para estar más
cerca del tío, pero uno de los hombres le interpuso su pie mientras la agarraba
fuertemente del brazo y la doblaba hasta mandarla al piso. Todos los demás
entendieron que la orden iba en serio. El corazón de todos quedó palpitando
contra la montaña, mientras los maleantes seguían con la siguiente orden.
-
Entréguenos todo lo que
tienen.
Fueron pasando por cada uno,
mientras los otros cuatro revisaban que nadie se fuera a mover de su lugar.
Cuando habían recogido en una bolsa los objetos evidentes, tales como
celulares, billeteras, anillos, cadenas, vino la siguiente orden:
-
¡Quítense las chaquetas
y los tenis!
Uno a uno, nuevamente, fueron
entregando sus pertenencias en una enorme sábana que el malhechor pasaba por
frente de cada persona. La tía Susan empezó a llorar de miedo e impotencia
cuando llegaron a ella. Tratando de mantener la dignidad y la compostura, le
dijo al ladrón.
-
Señor, se lo pido, no
me quite mis tenis, no puedo andar descalza ni siquiera en el tapete de mi
casa.
El tipo se burló de ella, y luego de
una risa corta y maliciosa le acercó la punta del cuchillo a su cuello y le
dijo:
-
¡Me importa un culo señora, quítese los zapatos!
Mientras la tía se
quitaba los tenis, tratando de salvaguardar su dignidad, se escuchó retumbar la
última orden:
-
¡No se muevan de aquí
en veinte minutos, ni traten de gritar o de seguirnos, los estamos mirando. Si
alguien no obedece, ya sabe. –dijo el hombre mientras se pasaba el cuchillo por
el cuello en actitud amenazante, explicando lo que le podía pasar al que lo
intentara seguir.
Calcularon los veinte minutos. Nadie
tenía reloj, ni celular, y ya todos habían olvidado detrás de sus oficinas cómo
leer la hora con la sombra. Así que tal vez pasó media hora, o más, o menos.
Uno a uno se fue levantando, reponiéndose del terror que los invadía. El tío
corrió a donde la tía y verificó que estuviera bien, mientras le decía que
había sido una locura de su parte haber pedido que le dejaran sus tenis.
- ¡Una locura! -dijo con
voz elevada, más relajada de poder expresar sus nervios y terror- ¿Cómo piensas
que pueda recorrer hora y media sin zapatos? ¡Jamás en 50 años he caminado
descalza!
Mientras todos iban atendiendo la
forma en que se volverían, el hombre que llegó tarde sugirió que un grupo de
cuatro hombres recorriera el camino para ver si tal vez los ladrones habían
dejado algo que consideraron de poco valor.
Tres hombres lo acompañaron, y al cabo
de quince minutos de caminata, encontraron al lado de una piedra el par de
tenis del hombre que llegó tarde. Con una sonrisa inmensa, el hombre salió
corriendo hacia la cima y al llegar a donde estaban los demás, cayó de rodillas
frente a la tía Susan:
-
Tome señora, use mis
tenis por favor.
