09 diciembre 2016

El salvador

Era una tarde de sábado en la casa de la abuela. Esas tardes que se repiten semana tras semana desde hace más de veinte años, y que nos hacen sentir que contamos con otros seres a nuestro lado. Una tarde de esas normales, en donde a veces pesan los gritos que parecen inmortalizados, o las conversaciones bizantinas, que más parecen una pelea de egos por ver quién tiene la razón, que una reflexión para hallar una conciliación o verdad en un asunto de la vida. Una tarde de esas normales, en donde después del almuerzo, la primera tanda de comensales ya servidos se va dirigiendo como en un ritual conocido y viejo hacia la sala, a recibir el delicioso tinto fabricado por la tía Margarita.



Pero había algo diferente en esa tarde. Después de las discusiones bizantinas, y las charlas interminables sobre cómo cambiar el país, antes de pensar en cómo cambiar la vida y los valores de la familia, se hizo un profundo silencio, raro, muy raro en esas tardes de reunión. Sin saber cómo, el silencio se mantuvo durante varios instantes, hasta que en medio de esa tranquilidad, la tía Susan tomó la palabra para contar algo que le había ocurrido el fin de semana en un paseo de la Facultad.

Era domingo, y desde hacía varios meses se había organizado en la Facultad donde trabaja el tío un paseo por las montañas de Guatavita. El encuentro sería en la tienda del pueblo, al lado del parque principal, un lugar fácil de hallar para todos.  Desde las nueve de la mañana fueron llegando los primeros participantes de la jornada, quienes, mientras esperaban a los más retardados, iban conversando sobre el lugar a donde irían. Algunos comentaban la belleza del camino a los que no lo conocían, el tiempo en horas y en kilómetros que tardarían en llegar hasta la altura máxima, desde donde se podía contemplar una vista sin igual de la laguna. En el transcurso de media hora de espera, ese fue el único tema de conversación de los que iban apareciendo, mientras a la vez compraban las botellas de agua, o las meriendas para la mañana. De otro lado, un pequeño grupo se dirigía al restaurante que parecía más decente, con el propósito de separar varias mesas para las 20 personas que llegarían a eso de las dos de la tarde a almorzar, luego de la caminata. Parece que todo el pueblo se enteró de la travesía de los forasteros.

Ya a la hora de salir se contaron las cabezas. Faltaba solamente una persona, pero ya se hacía muy tarde y era necesario emprender de forma inmediata la caminata. Justo en ese momento, una flota paró del otro lado de la plaza, y a lo lejos unas manos avisaban que lo esperaran. El muchacho llegó corriendo, secó el sudor sobre su frente con su camisa, y pidió disculpas por la tardanza. La tía Susan no pudo evitar mirarlo de arriba abajo. Era un individuo que no estaba en el “nivel” de los demás. Empezando por sus tenis, bastante ordinarios y sucios,  comparados con los resplandecientes y de marca de cada uno de los demás participantes del paseo. Igual la ropa, y la presentación en general de esa persona que era totalmente desconocida para ella. Sin poder evitarlo, mientras avanzaban en la caminata, Susan se hizo al lado de la secretaria del decano, y le preguntó quién era ese muchacho que tras de todo llegaba tan tarde y sudado.
-          Es un asistente del decano para un “Trabajo especial”.
-          Ah –dijo la tía Susan, quien además pensó para sus adentros en un tono algo despectivo: ¿Qué será lo que tiene ese muchacho como para haber sido contratado para algo “especial”?
Durante la primera hora de caminata se deleitaron con el silencio de la montaña, con el verde continuo y exuberante del paisaje, con el aroma delicioso y fresco del oxígeno puro. Venían de la ciudad, en donde el verde del paisaje es interrumpido todo el tiempo por las torres de cemento, donde el sonido de los pájaros es opacado por los pitos de los autos, y en donde el oxígeno es viciado constantemente por el hollín de las fábricas y los autos. Se sentían en pleno contacto con la naturaleza, y en un estado de dicha que cualquier humano quisiera repetir, o mantener en el transcurso que queda de su vida. El cansancio que se sentía era compensado por la belleza del sentimiento en el que se encontraban. Cuando les faltaban apenas unos minutos para llegar a la tan anhelada cúspide, de entre unos matorrales salieron cinco hombres armados con cuchillos de carnicero oxidados. Sus caras eran tapadas por medias de nylon, y sus voces distorsionadas les hacían a los paseantes la primera exigencia:
-          ¡Todos al piso!
La tía Susan buscó al tío antes de cumplir la orden. Estaba bastante lejos de ella, pues cada uno venía conversando con las personas más queridas de la oficina, con quienes tenían poco tiempo de compartir generalmente. La tía trató de avanzar para estar más cerca del tío, pero uno de los hombres le interpuso su pie mientras la agarraba fuertemente del brazo y la doblaba hasta mandarla al piso. Todos los demás entendieron que la orden iba en serio. El corazón de todos quedó palpitando contra la montaña, mientras los maleantes seguían con la siguiente orden.
-          Entréguenos todo lo que tienen.
Fueron pasando por cada uno, mientras los otros cuatro revisaban que nadie se fuera a mover de su lugar. Cuando habían recogido en una bolsa los objetos evidentes, tales como celulares, billeteras, anillos, cadenas, vino la siguiente orden:
-          ¡Quítense las chaquetas y los tenis!
Uno a uno, nuevamente, fueron entregando sus pertenencias en una enorme sábana que el malhechor pasaba por frente de cada persona. La tía Susan empezó a llorar de miedo e impotencia cuando llegaron a ella. Tratando de mantener la dignidad y la compostura, le dijo al ladrón.
-          Señor, se lo pido, no me quite mis tenis, no puedo andar descalza ni siquiera en el tapete de mi casa.
El tipo se burló de ella, y luego de una risa corta y maliciosa le acercó la punta del cuchillo a su cuello y le dijo:
-          ¡Me importa un culo señora, quítese los zapatos!

Mientras la tía se quitaba los tenis, tratando de salvaguardar su dignidad, se escuchó retumbar la última orden:
-          ¡No se muevan de aquí en veinte minutos, ni traten de gritar o de seguirnos, los estamos mirando. Si alguien no obedece, ya sabe. –dijo el hombre mientras se pasaba el cuchillo por el cuello en actitud amenazante, explicando lo que le podía pasar al que lo intentara seguir.

Calcularon los veinte minutos. Nadie tenía reloj, ni celular, y ya todos habían olvidado detrás de sus oficinas cómo leer la hora con la sombra. Así que tal vez pasó media hora, o más, o menos. Uno a uno se fue levantando, reponiéndose del terror que los invadía. El tío corrió a donde la tía y verificó que estuviera bien, mientras le decía que había sido una locura de su parte haber pedido que le dejaran sus tenis.
-        ¡Una locura! -dijo con voz elevada, más relajada de poder expresar sus nervios y terror- ¿Cómo piensas que pueda recorrer hora y media sin zapatos? ¡Jamás en 50 años he caminado descalza!
Mientras todos iban atendiendo la forma en que se volverían, el hombre que llegó tarde sugirió que un grupo de cuatro hombres recorriera el camino para ver si tal vez los ladrones habían dejado algo que consideraron de poco valor.
Tres hombres lo acompañaron, y al cabo de quince minutos de caminata, encontraron al lado de una piedra el par de tenis del hombre que llegó tarde. Con una sonrisa inmensa, el hombre salió corriendo hacia la cima y al llegar a donde estaban los demás, cayó de rodillas frente a la tía Susan:
-          Tome señora, use mis tenis por favor.


La tía Susan se sonrojó  sin saber qué decir, y con la culpa sobre su conciencia por haber juzgado al hombre que llegó tarde, se puso los zapatos y bajó las dos horas de montaña como una princesa, montada en los tenis salvadores, prestados por el hombre que llegó tarde.  

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