09 diciembre 2016

La religión del dinero

He tenido la oportunidad de conocer o vivir en distintos tipos de comunidades. Desde la más pequeña y autosuficiente, alejada de cualquier edificio, hasta la comunidad de una metrópoli como la ciudad de Buenos Aires. He recorrido los espacios, tanto de un lado como del otro, me he involucrado con los organismos que la componen, siendo yo misma parte del organismo. En los dos polos, observé que todo lo que veía afuera era la proyección de lo que tengo adentro. En ambos lugares pude ver mi propia codicia, mi propio orgullo reflejado.

En las sociedades antiguas, los héroes eran aquellos que alcanzaban la libertad espiritual y moral, y quienes enseñaban a sus semejantes cómo hacerlo. Desde pequeños, los individuos aprendían que la codicia y el orgullo eran demonios, o fuerzas del mal a las cuales había que atacar y destruir.

Los mitos de la historia de la humanidad, protagonizados por los héroes de cada cultura, representaban los dramas de aquellos que podían sublevarse contra sus propias bajezas humanas, contra las fuerzas que el hombre en sus reflexiones profundas, identificaba a través de su conciencia como “malas”. Entonces se crearon (o existieron realmente, cosa que no tiene la menor importancia demostrar, ya que lo importante es la esencia de la historia) seres, que en su afán por la perfección, por la armonía y la belleza, renunciaron al mundo del deseo, y obtuvieron la recompensa de la paz y el amor, la inmortalidad que los mantiene vivos después de siglos, y que fue no únicamente para para ellos mismos, sino que con su acto liberaron, purificaron y equilibraron a los pueblos donde vivieron.

Aquellos hombres inspiraron la vida cotidiana de cientos de etnias que transmitieron a través de las madres y los ancianos en sus leyendas, creencias y sistemas religiosos, la importancia de ser mejores humanos, antes que cualquier otro bien. Poco a poco, y sin que nadie se diera cuenta, en la mayoría de las sociedades esa tendencia a poner como primer necesidad social e individual la búsqueda de la convivencia, el respeto, el equilibrio, la justicia, fue siendo reemplazada lenta, muy lentamente en una nueva religión. La religión del dinero, cuyos principios son: alabar a quienes se aprovechan de sus semejantes, aplaudir al que llena sus bolsillos de dinero a costa de lo que sea, y poner en primer lugar de la sociedad a aquellos que acaparan y despilfarran los recursos, a costa de la explotación o el servilismo de los demás.

Se llama países civilizados a aquellos que más desconexión tienen con la naturaleza. Aquellos que tienen PIB en crecimiento, así en sus capitales no haya espacio para ver paisajes, así los niños nunca hayan visto una vaca, y así nadie les haya hablado de ética, de moral, de conciencia.

Entiéndase aquí que estoy hablando de una ética, moral, o conciencia sobre la vida en general, no de negocios, que es muy distinta, y que trataré en el siguiente apartado. Se tilda de retrasadas a las civilizaciones que presentan unidad con lo que les rodea, sociedades en las que la tierra es lo más importante, antes que el egocentrismo del hombre, aquellos lugares en donde reina la armonía con el entorno, donde no se toma de la naturaleza más allá de lo estrictamente necesario para la supervivencia humana.

A estos lugares se les llama “atrasados”, y a sus habitantes se les denota como “indios”, “salvajes”, “bárbaros”, y se les mira con cierto ademán de superioridad o desprecio. Esto se transmite en todos los medios de comunicación a velocidades exorbitantes y con una rapidez abismal, y lo peor, sin que nadie ni siquiera se dé cuenta. A ellos, el sistema siente que tiene que adoctrinarlos en la religión del dinero.

Los países consideran que estos seres deben ser “convertidos” a la civilización, y que deben tener las condiciones físicas y materiales que los incluyan como potenciales compradores. Pero ellos no se dejan catequizar, afortunadamente, y son muchas las comunidades que han sobrevivido al intento de otros de cambiar su cultura y su sistema de pensamiento, para ser reemplazado por lo que para las etnias vivas es un despropósito: la religión del dinero.

No podemos hablar de una sociedad civilizada y exitosa, una mejor sociedad, cuando cada vez son más las personas que no tienen qué comer, o un lugar digno dónde vivir. No podemos afirmar que hemos avanzado porque construimos enormes edificios, o porque alargamos la vida a un enfermo de cáncer, cuando existen personas que se mueren en la puerta de nuestros hospitales por no ser atendidos con la urgencia que requieren. Cómo podemos hablar de países desarrollados, cuando estos solamente pueden hablar de crecimiento económico a costa de la esclavitud y explotación de seres humanos en países “subdesarrollados”, en donde pagan sueldos de miseria. ¿Cómo podemos hablar de “civilización” cuando le entregamos diariamente al planeta aguas contaminadas cada vez que soltamos nuestra taza del baño, o que abrimos la llave para lavarnos las manos, o producimos cada uno de los productos que consumimos? Estos son los resultados de nuestra nueva religión.

Cuando uno presta un libro a un amigo, y este lo devuelve con “algunas” hojas rayadas, o “algunas” arrugas, ¿Esto no daña al libro en su totalidad?... ¿Qué recibimos como generaciones en los años 1800? Una tierra limpia, ahora, ¿Qué estamos entregando a nuestros hijos? ¿Cómo son las ciudades que recibimos, y cómo son las ciudades que estamos construyendo y entregando? Cada vez es más difícil respirar en Bogotá, pero afirmamos que hemos crecido, que nos hemos desarrollado. Cada vez construimos edificios más altos, y compramos más carros por familia, y sin embargo afirmamos que estamos “desarrollándonos” como personas. Cada vez en los campos existen menos jóvenes que quieran trabajar, ya que… “nadie paga por un producto ni siquiera lo que vale su producción…fíjese los pollos, uno les echa dos bultos de maíz pá’ que crezcan, y luego no le ofrecen cuando los quiera vender ni siquiera lo que costó un bulto”, y en las ciudades más jóvenes desempleados. Y aplaudimos eso, y lo elogiamos, y veneramos al joven que asciende escalas en una sociedad enferma…

Pensamos en el siglo pasado, y afirmamos con toda seguridad que estamos mejor que antes. Existe agua potable en nuestras casas, y la posibilidad de asistir a un centro de salud en caso de enfermedad. Existen antibióticos que permiten alargar nuestra vida, y luz eléctrica que hace la vida más fácil. Sin embargo ¿No existen también cada vez más personas que no tienen acceso a lo mínimo, mientras que cada vez menos personas tienen acceso a lo máximo? En Argentina varios viejos me contaban que antes no había miseria. En el siglo pasado, la gente del campo vivía en una chacra, bajo condiciones simples, pero dignas. Ahora prácticamente todos los jóvenes migran hacia las ciudades, porque en el campo no tienen posibilidades de sobrevivir, y porque encuentran en las villas hacinadas el único lugar en el mundo que les permite pertenecer a una sociedad en crisis. En cuanto eso, los campos son vaciados de familias, y llenados de campos de producción industrializada y extensa.

La lujuria, la codicia y la violencia están presentes en todas nuestras reuniones. ¿No han crecido las guerras, el número de personas muertas violentamente, el número de enfermos mentales? ¿No existe cada vez más en nuestros hogares la soledad en medio de la bulla de la ciudad y de la gente, la depresión, la incomprensión del mundo en el que vivimos, la pérdida de la razón de nuestra existencia, la ansiedad de poder y de consumo? Cada vez necesitamos distraernos más de nosotros mismos, porque no soportamos encontrarnos con nuestra propia nadidad interior un sábado por la tarde. ¿Realmente necesitamos todas las cosas que tenemos en nuestras casas? ¿Podemos recordar cómo vivíamos cuando para ver una foto teníamos que esperar como mínimo un mes mientras terminábamos el rollo, la revelábamos, y luego pasábamos a buscarla por el laboratorio? ¿Es posible recordar cómo vivíamos cuando llamábamos varias veces a alguien y en el teléfono fijo de su casa no nos contestaba, y entonces teníamos que insistir varias veces? ¿Qué nos pasaba cuando para saber algo de alguien que estaba al otro lado del mundo, teníamos que esperar cuatro meses mientras iba la pregunta en una carta de veinte páginas, y volvía en otra de treinta, llegando por debajo de nuestra puerta? ¿Nos sentíamos igual que nos sentimos ahora? ¿Ha cambiado algo de nuestro verdadero bienestar? ¿Ha cambiado algo verdaderamente profundo, o simplemente sustituimos calidad de comunicación, por cantidad de comunicación? Antes teníamos tiempo de sentarnos a leer una carta de veinte páginas, para actualizarnos en profundidad de alguien querido. Ahora tenemos tiempo de leer quince o más e-mails al día, o ver las últimas actualizaciones de nuestros amigos en Facebook. ¿Eso nos acerca verdaderamente a alguien?

¿Qué hacer? Hoy estuve en un centro comercial, y con sorpresa miraba a unos niños detrás de unas rejas, cuidados por unas mujeres uniformadas que los observaban fríamente. Un niño lloraba en un rincón. Mi cuñada se acercó a preguntarle qué le pasaba, mientras la niñera colectiva le decía: “No le pongas atención, lleva así más de una hora”. Sin embargo, y gracias al cielo, mi cuñada no le hizo caso, y le preguntó al niño nuevamente qué le pasaba. El niño se levantó su camisa, y le indicó que le dolía. Un salpullido cubría una buena parte de su espalda. Con inmenso cariño, mi cuñada pasó su mano por la espalda del pequeño, mientras le cantaba una canción de curación, tan antigua como mi tatarabuela: “sana que sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana por la mañana…” El conjuro tardó unos instantes en hacer efecto. Los quejidos del niño fueron cediendo poco a poco, y las lágrimas secándose a su paso. A los pocos momentos, el niño jugaba nuevamente entre la piscina de pelotas. Pasados cinco minutos, observé que su padre pasaba a buscarlo con unos paquetes en la mano.

Comprendí que esa empleada no estaba allí por vocación, o porque le importaran los niños. Esa mujer estaba allí por una cosa: GANAR ALGUNOS pesos para comer, vestirse, y tener donde vivir. No por más. Fue una escena que me ratificó mi comprensión de la sociedad. A la mujer no le importan los niños, así como al obrero no le importa la gente que vivirá en el edificio que construye. Al obrero, a la niñera, o a cualquiera de nosotros, nos importa más el dinero que recibimos cada mes como contraprestación laboral, y más aún, nos importa más lo que podamos adquirir con ese dinero para demostrarle a otros nuestra posición económica en la sociedad, que el ejercer nuestro trabajo.

Eso nos diferencia diametralmente de civilizaciones más desarrolladas. En etnias antiguas, como por ejemplo la comunidad Kogui, en la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, las personas tejen las mochilas como expresión del pensamiento humano. Cada mochila es el tejido de la vida, la expresión del pensamiento de quien la teje. Cada nudo es la representación de un instante, de una parte de la energía de quien teje. La segunda función es el intercambio, pero el trabajo no está en función del intercambio, sino del resultado de la prenda en sí misma, de la transmisión del pensamiento, y de la utilidad que puede prestar. Me pregunto, y le pregunto ¿Para usted, quien es más desarrollado?

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