03 diciembre 2016

¿Ha muerto un héroe, o ha muerto un tirano?

26 de Noviembre del 2016, siete de la mañana en la ciudad de Guadalajara. Entro en Facebook, que se ha convertido en mi contacto con el mundo, un contacto que he restablecido en el último año, luego de años de silencio, soledad y aislamiento voluntario. Un amigo, gran amigo, que vive en Venezuela me hace enterar de la noticia: “Ha muerto una basura”. Sigo y me entero que Fidel Castro falleció. Avanzo para ver las reacciones de los demás. Una “política”, un “personaje colombiano”, quien debería ser un referente de democracia, comenta en las redes sociales: “El infierno debe estar de fiesta”. Unos minutos de silencio,  veinte en realidad, me separan en el bus del punto donde estoy, hasta la escuela donde doy clases de inglés.

Las ideas comienzan a dar vueltas en mi cabeza y hay sentimientos encontrados, como generalmente me pasa antes estas cosas. Cuando llego a clase, una de las preguntas que aparecen en el libro, como ejercicio de conversación es: “¿Qué elementos son indispensables cuando piensas en elegir una carrera?” Siempre he creído que absolutamente nada es casual. Lo que pasa de allí en adelante en clase, tiene todo que ver con la noticia que me recibió esta mañana en Facebook. La primera respuesta de los estudiantes es: “que me guste”. Es una respuesta general. Siguiente pregunta: “¿Piensas en el dinero, cuando escoges una carrera?” La respuesta: “claro, de hecho quería estudiar otra cosa, pero me detuvo el dinero, porque lo que quería estudiar no me iba a producir bienestar económico”. Exactamente lo que me pasó a mí, y a cientos, miles, millones de jóvenes en el mundo actual.

Entonces viene un discurso apasionado, dirigido a jóvenes entre 16 y 25 años. No puede ser que esto ocurra. O más bien. ¿Por qué ocurre? Recuerdo que hace un año y medio, cuando trabajaba en otra escuela, conocí a un joven profesor cubano, que había podido viajar porque estaba estudiando un postgrado aquí en Méjico. Un día lo agarré a preguntas, porque por primera vez en mi vida tenía la oportunidad de hablar con una persona que hubiera vivido en Cuba toda su vida. Le pregunté que si iba a volver, y me dijo que de ninguna manera, ya que en su país no se respetaba la libertad de CONSUMIR. Que aquí él podía entrar a un supermercado y comprar lo que quisiera, y allá no. Entonces le pregunté: ¿Alguna vez sentiste hambre? ¿Alguna vez un cubano siente hambre, incluyendo niños? Su respuesta fue rápida y certera: No, hambre no. Hay comida restringida, pero nadie, absolutamente nadie puede decir que pasa hambre.

Siguiente pregunta ¿Alguien muere por desatención en un hospital? La respuesta fue también rápida y contundente: de ninguna manera, jamás, Cuba tiene la mejor medicina en América Latina, y la cobertura es totalmente gratuita y universal. Siguiente pregunta. ¿Si tú de joven quieres ser artista, deportista, médico, ingeniero, actor, productor de cine, o lo que quieras ser, puedes seguir tu sueño? Con la misma rapidez de las otras respuestas, me dijo que por supuesto. El estado garantiza educación en todas las ramas, de una altísima calidad y gratis. Última pregunta: Una vez, hace muchos años, vi una valla en una foto de un amigo, en donde decía que en Cuba no había ningún niño viviendo en la calle. ¿Es verdad? Su respuesta una vez más, rápida y honesta: no hay forma. Nadie vive en la calle, de ninguna edad, ni niños, ni adultos, ni de ninguna edad.

Bien -le dije-. De qué libertad me hablas entonces. ¿De la libertad de poder llenar “tu” carro de mercado de todas las cosas que “desees” mientras hay cientos, miles de personas, tal vez millones a lo largo de toda Latinoamérica sin comer? ¿De la libertad de trabajar duro para ser una persona influyente y con mucho dinero para poder comprarte un plan de salud con total cobertura y habitaciones de lujo, mientras el 80% del resto de la humanidad de los países del continente hacen fila para poder tener derecho a un servicio de salud digno y humano? ¿De la posibilidad de poder ser competitivo en un mundo de intereses individuales ilimitados, que te permitan llenar tu cuenta  de banco, y comprar muchos apartamentos, y vivir de las rentas, mientras cientos, millones de personas, incluyendo niños, esta noche dormirán en la calle en América? ¿O de la posibilidad de poder llenar tu panza en un restaurante, hasta que tengas que tomar sal de frutas lúa de lo lleno que quedaste, mientras miles de seres como tú, de la edad de tus hijos, de tus padres, de tus abuelos, pasan el día con un pedazo de pan, si mucho?

Me sorprende ver que en las redes sociales las personas que se llaman “ciudadanos libres económicamente” son personas que defienden a capa y espada la posibilidad de hacer dinero, y a la vez su propiedad privada de las cosas. Estas personas jamás protestan porque el estado no garantiza la vivienda, comida, educación, salud, paz, bienes fundamentales que por derecho, por existir en el planeta tenemos TODOS los seres humanos. Las personas defienden poder tener un carro, pero jamás alzan una pancarta para exigir tener un aire libre de contaminación, o ríos de agua cristalina donde se puedan bañar. Gritan que se defienda el derecho al capital, protegen las leyes que a la vez protegen los bancos, y jamás protestan por tasas de usura en la mayoría de los países del globo, que han generado crisis financieras en donde cientos de personas y familias se han quedado sin casas, luego de haber pagado durante años cuotas a los bancos. Las personas, las sociedades, asumen todas las crisis, y uno ve los bancos cada vez más grandes, más poderosos, con más sucursales, inamovibles ante las crisis que han dejado en estrés, depresión, ansiedad, y hasta suicidio cientos de personas a nivel mundial. Y la inmensa mayoría sigue tan campante, llenando sus carros en los supermercados, atiborrando sus casas de cosas que no necesita, atragantándose en los restaurantes, y defendiendo esos estatus de vida, sin importar un céntimo que le pasa al resto de humanidad.

¿Qué he hecho yo? Disminuir el consumo a su mínima expresión. Sembrar lo que puedo en mi huerta urbana, usar la ropa hasta que ya no dé más, los zapatos hasta lo mismo. No dejarme fascinar por modas, marcas, necesidades impuestas. No sé si Fidel quería lo mismo. Él hizo un intento, él intentó decirle a Estados Unidos que aprendiera a respetar los límites de un estado, y que no interviniera en sus asuntos. ¿Se le fue la mano? Capaz que sí. Creo que yo hubiera muerto de tristeza, o comida por un tiburón, intentando huir de un país que me condenaba a vivir en un límite, sin poder salir de él. O tal vez no, tal vez hubiera sido feliz allí donde mis derechos mínimos como ser humano eran garantizados, y no hubiera avanzado en esta peregrinación intensa que me ha marcado mi ser, tal vez para conocer con mis propios ojos la realidad de América, como le pasó a Ernesto Guevara cuando arrancó con su moto “La poderosa” y su amigo a recorrer el continente, y se encontró con los mineros oprimidos, los campesinos desterrados, los enfermos, los desvalidos, los marginados. No lo sé. Amo explorar otras latitudes, y siento que esa libertad es también un derecho, que al ser violado, me dolería. ¿Pero es un derecho universal acumular hasta el hartazgo, cuando millones de personas alrededor no tienen nada? Esa libertad no me sirve, no me llena, no me hace sentir bien con mi consciencia. No sé a usted, pero a mí no.

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