03 diciembre 2016

El queso holandés


Una vez un hombre fue a un viaje alrededor del mundo. Al llegar a una ciudad holandesa, y de acuerdo con lo planeado durante muchos años, aquel hombre cumplió por fin un sueño de adolescente, de comprar el queso más caro y más fino del mundo, en la tienda más prestigiosa y exclusiva de la ciudad.

Cuando joven, éste hombre vivía en unas condiciones de pobreza casi absolutas, pero las puntadas del destino se entrelazaron para que conociera a cierto grupo de personas  que lo educaron a través de libros y pequeños cursos, allá por los años 40 en la ciudad de Bogotá. De esta forma, tuvo acceso a imaginar las costumbres europeas, y otras formas de vida, en donde el lujo y la comodidad eran posibles.

Impactado por las influencias, concentró todos sus esfuerzos en lograr salir de las condiciones económicas en las cuales se encontraba. Lo inspiraron las historias de la realeza, la disciplina férrea de sus primeros jefes ingleses de The Bogota Telephone Company,  así como también autores económicos del emergente sistema capitalista, el cual estudió intensamente a lo largo de su adolescencia, a modo autodidacta.

La historia de aquel queso holandés, elaborado solo para la monarquía, se convirtió en una meta, en una obsesión para el joven. Algún día iría a Holanda, cuando fuese un hombre rico, y compraría aquel queso, exclusivo de las clases sociales más altas.

Cuarenta años después, con las manos temblando de emoción, pagó aquella fortuna por un quilo de ese queso extraño, que no representaba para él un alimento para saciar el hambre de la jornada diaria, sino el resultado de una vida de esfuerzos, una meta alcanzada, un sueño realizado. Cientos de sacrificios, mucho de disciplina, voluntad que fue probada a fuego, esfuerzos, superación de obstáculos, y claro, también hay que decirlo, algunas relaciones rotas, muchas personas que le temían, otras que lo odiaban, y una familia que no lo acogía con el amor y confianza que él hubiera deseado para una vida perfecta.

Por ser un queso empacado al vacío, sabía que podía durar hasta un año en buenas condiciones, sin humedad y sin luz. Escogió un lugar en la casa, en el último piso, para guardarlo al lado de los vinos, también los más caros del mundo, hasta que se presentara una ocasión especial.

Mientras lo guardaba en ese lugar, lo exhibió ante sus seres más cercanos, contándoles primero el costo, luego la característica de ser exclusivo en la antigüedad para los reyes, luego el lugar donde lo había comprado, y por último, todo lo que el queso significaba para él.

Pero para la pequeña Mariana, su hija menor, lo más maravilloso del asunto del queso era aquella caja de lata en la cual venía escondido. Ella soñaba el día en que el queso fuera abierto, no para probarlo, porque nunca le gustó el queso de ningún tipo, sino para poder adueñarse de la caja, en donde aparecían una gran cantidad de muñequitas con faldas coloridas, bailando una danza que ella quería aprender, y que estaba segura que le enseñarían las bailarinas de la lata. Quedó como una promesa entre padre e hija: el día que abrieran el queso, la lata sería suya.

Los demás miembros de la familia no le dieron mucha importancia al principio, pero en el primer cumpleaños de uno de los hijos, alguien recordó el famoso queso holandés, y le pidió al padre para abrirlo, ya que era su cumpleaños. El hombre dijo que no, que esperaran otra ocasión un poco más especial.
Pasaron varios meses, y así pasaron los cinco cumpleaños de sus hijos, el cumpleaños de su esposa, e incluso el cumpleaños de él, que tampoco merecieron abrirlo. Luego, llegó el día de la madre, y al mes siguiente el día del padre, que al parecer tampoco eran fechas adecuadas para ser catalogadas en la categoría de "especiales". Finalmente llegó navidad, pero esa fecha, a pesar de reunir a toda la familia en pleno, tampoco parecía llenar todos los exigentes requisitos para ser una "ocasión especial". Entonces, tal vez en el año nuevo. Pero tampoco, empezar un nuevo año, al final parecía ser algo que simplemente pasaba todos los años.

Una noche, a plenas dos de la mañana, una terrible explosión se escuchó en la casa. En pijama, y con el corazón agolpándose, todos fueron saliendo despelucados y con los ojos entreabiertos para verificar que todos los demás estuvieran bien. Las luces de los seis cuartos de la casa se fueron encendiendo rápidamente, la sala del segundo piso, del primero, la cocina, la mansarda. Entre tanto, alguien llamó a la policía, a los bomberos, llegaron vecinos y hasta algunos familiares que vivían cerca  aparecieron en el lugar de los hechos quince minutos después, con la ropa puesta como cayó encima del pijama.

A las dos y media de la mañana, 30 personas entre familiares, amigos, policía y bomberos, contemplaban cientos de pedazos de queso oliendo asqueroso, estampados en la pared del cuarto de vinos. El famoso queso había explotado como una bomba atómica, podrido de viejo.

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