Una vez un hombre fue a un viaje alrededor del mundo. Al
llegar a una ciudad holandesa, y de acuerdo con lo planeado durante muchos años, aquel hombre cumplió por fin un sueño de adolescente, de comprar el
queso más caro y más fino del mundo, en la tienda más prestigiosa y exclusiva de la
ciudad.
Cuando joven, éste
hombre vivía en unas condiciones de pobreza casi absolutas, pero las puntadas
del destino se entrelazaron para que conociera a cierto grupo de personas que lo educaron a través de libros y pequeños
cursos, allá por los años 40 en la ciudad de Bogotá. De
esta forma, tuvo acceso a imaginar las costumbres europeas, y otras formas
de vida, en donde el lujo y la comodidad eran posibles.
Impactado por las influencias, concentró todos sus esfuerzos
en lograr salir de las condiciones económicas en las cuales se encontraba. Lo
inspiraron las historias de la realeza, la disciplina férrea de sus primeros
jefes ingleses de The Bogota Telephone Company,
así como también autores económicos del emergente sistema capitalista,
el cual estudió intensamente a lo largo de su adolescencia, a modo autodidacta.
La historia de aquel queso holandés, elaborado solo para la
monarquía, se convirtió en una meta, en una obsesión para el joven. Algún día
iría a Holanda, cuando fuese un hombre rico, y compraría aquel queso, exclusivo
de las clases sociales más altas.
Cuarenta años después, con las manos temblando de emoción,
pagó aquella fortuna por un quilo de ese queso extraño, que no representaba
para él un alimento para saciar el hambre de la jornada diaria, sino el
resultado de una vida de esfuerzos, una meta alcanzada, un sueño realizado.
Cientos de sacrificios, mucho de disciplina, voluntad que fue probada a fuego,
esfuerzos, superación de obstáculos, y claro, también hay que decirlo, algunas
relaciones rotas, muchas personas que le temían, otras que lo odiaban, y una
familia que no lo acogía con el amor y confianza que él hubiera deseado para
una vida perfecta.
Por ser un queso empacado al vacío, sabía que podía durar
hasta un año en buenas condiciones, sin humedad y sin luz. Escogió un lugar en
la casa, en el último piso, para guardarlo al lado de los vinos, también los
más caros del mundo, hasta que se presentara una ocasión especial.
Mientras lo guardaba en ese lugar, lo exhibió ante sus seres
más cercanos, contándoles primero el costo, luego la característica de ser
exclusivo en la antigüedad para los reyes, luego el lugar donde lo había
comprado, y por último, todo lo que el queso significaba para él.
Pero para la pequeña Mariana, su hija menor, lo más
maravilloso del asunto del queso era aquella caja de lata en la cual venía
escondido. Ella soñaba el día en que el queso fuera abierto, no para probarlo,
porque nunca le gustó el queso de ningún tipo, sino para poder adueñarse de la
caja, en donde aparecían una gran cantidad de muñequitas con faldas coloridas,
bailando una danza que ella quería aprender, y que estaba segura que le
enseñarían las bailarinas de la lata. Quedó como una promesa entre padre e
hija: el día que abrieran el queso, la lata sería suya.
Los demás miembros de la familia no le dieron mucha
importancia al principio, pero en el primer cumpleaños de uno de los hijos,
alguien recordó el famoso queso holandés, y le pidió al padre para abrirlo, ya
que era su cumpleaños. El hombre dijo que no, que esperaran otra ocasión un
poco más especial.
Pasaron varios meses, y así pasaron los cinco cumpleaños de
sus hijos, el cumpleaños de su esposa, e incluso el cumpleaños de él, que
tampoco merecieron abrirlo. Luego, llegó el día de la madre, y al mes siguiente
el día del padre, que al parecer tampoco eran fechas adecuadas para ser
catalogadas en la categoría de "especiales". Finalmente llegó navidad,
pero esa fecha, a pesar de reunir a toda la familia en pleno, tampoco parecía
llenar todos los exigentes requisitos para ser una "ocasión
especial". Entonces, tal vez en el año nuevo. Pero tampoco, empezar un
nuevo año, al final parecía ser algo que simplemente pasaba todos los años.
Una noche, a plenas dos de la mañana, una terrible explosión
se escuchó en la casa. En pijama, y con el corazón agolpándose, todos fueron
saliendo despelucados y con los ojos entreabiertos para verificar que todos los
demás estuvieran bien. Las luces de los seis cuartos de la casa se fueron
encendiendo rápidamente, la sala del segundo piso, del primero, la cocina, la
mansarda. Entre tanto, alguien llamó a la policía, a los bomberos, llegaron
vecinos y hasta algunos familiares que vivían cerca aparecieron en el lugar de los hechos quince
minutos después, con la ropa puesta como cayó encima del pijama.
A las dos y media de la mañana, 30 personas entre
familiares, amigos, policía y bomberos, contemplaban cientos de pedazos de
queso oliendo asqueroso, estampados en la pared del cuarto de vinos. El famoso
queso había explotado como una bomba atómica, podrido de viejo.
