Cuando era pequeña mi padre me señaló varias cosas, y me hizo ver que eran importantes. Me enseñó a mirar al firmamento, y a reconocer la mayoría de las constelaciones en medio de unas noches innombrables, echados en una hamaca, en medio del desierto del Cabo de la Vela en la Guajira. Desde ese día, supe que soy una arena insignificante en el universo infinito, y que no soy nada sin él, sin el universo.
Mi papá me llevó de vacaciones a Cartagena, y me tomó de la mano, enseñándome que la tiranía ha existido, existe y existirá. Eso lo aprendí escuchando las historias de la conquista, y recorriendo el Castillo de San Felipe en la ciudad amurallada, lo que me hizo conocer el pasado del lugar donde nací. Acto seguido, me señaló con su mano los Palenques, y me dijo que hubo también hombres que lucharon por su libertad, escapando del tirano, arriesgándose a cierta marginalidad, a las incomodidades, pero viviendo sin las cadenas que nos amarran, muchas veces sin darnos cuenta.
Mi papá me llevó de vacaciones a Cartagena, y me tomó de la mano, enseñándome que la tiranía ha existido, existe y existirá. Eso lo aprendí escuchando las historias de la conquista, y recorriendo el Castillo de San Felipe en la ciudad amurallada, lo que me hizo conocer el pasado del lugar donde nací. Acto seguido, me señaló con su mano los Palenques, y me dijo que hubo también hombres que lucharon por su libertad, escapando del tirano, arriesgándose a cierta marginalidad, a las incomodidades, pero viviendo sin las cadenas que nos amarran, muchas veces sin darnos cuenta.
Años después, a mis 39, recorrí y viví en los Quilombos de Camburí, en la selva brasilera, donde quedan remanentes del mismo proceso, almas libres que se revelaron, y que se hundieron en la selva para vivir en su libertad. En esos mismos años, entendí que uno de los tiranos modernos se llaman corporaciones multinacionales y marketing, ese bicho peligroso que ilusiona con la publicidad, y que dicta lo que cada uno debe desear, consumir, tener, ansiar, y que quien no está despierto, hasta desea convertirse en el mejor exponente de su juego de manipulación y de poder, manejado por las necesidades impuestas, y la mayoría de veces no necesarias realmente.
Más grande mi padre caminó de mi lado, enseñándome el nombre de cuanto árbol se atravesara por nuestros caminos, y su misión curativa. Así aprendí que la sábila sirve para restaurar la piel, la manzanilla para curar la conjuntivitis, el ajo y la cebolla para desinfectar, aprendí que la caléndula es un des- inflamatorio sin igual, y que el níspero y la guayaba tienen la mayor cantidad de nutrientes que el cuerpo necesita para sobrevivir. Eso entre muchos otros secretos. Aprendí a sembrar a su lado, y a reconocer en Víctor la sabiduría ancestral que se cuida como una llamita que es amenazada por fuertes temporales. Ellos me enseñaron a reconocer los ciclos de la luna y a entender los solsticios y los equinoccios, a contemplar en silencio los ríos, el mar, los amaneceres y los atardeceres. A su lado me he levantado varias veces a las cinco de la mañana, para estremecernos juntos con el alba y su algarabía de pájaros, el renacer diario de la vida y la jornada diaria.
Con él he contemplado, hemos contemplado quienes hemos pasado por La Rosita, en silencio, parados sobre la arena, una pepa gigante, despidiéndose de nosotros mientras es tragada por el río Magdalena, el atardecer. No importan los millones de mosquitos atacando. Escena que tiene tanta fuerza, que luego mi abuela durante los 350 días restantes de sus vacaciones, se sentaba en la ventana de su apartamento en Bogotá, a las cinco y media de la tarde mirando hacia el sur, porque decía que así recordaba los atardeceres de la finca, solo con cerrar sus ojos. Así aprendí el valor de la vida, de la madre tierra, de cada uno de los elementos, conectados unos con otros en una cadena irrompible de conexiones interminables que nos hacen un solo ser. Así aprendí, a través de los años, que la curación ancestral ha sido reemplazada por el negocio de la industria farmacéutica, y que la salud, bien sagrado que nos debería pertenecer a todos, no está librado del mismo juego moderno de los negocios y el poder. Así aprendí que el ansia de tener nos ha arrebatado el tesoro más sagrado que tenemos: el tiempo que se requiere para contemplar sin prisas un nacer o poner del sol, el tiempo que se requiere para detenerse a mirar un paisaje, o a mirar fijamente la lengua de una mariposa capturando el polen de una flor.
Con él he contemplado, hemos contemplado quienes hemos pasado por La Rosita, en silencio, parados sobre la arena, una pepa gigante, despidiéndose de nosotros mientras es tragada por el río Magdalena, el atardecer. No importan los millones de mosquitos atacando. Escena que tiene tanta fuerza, que luego mi abuela durante los 350 días restantes de sus vacaciones, se sentaba en la ventana de su apartamento en Bogotá, a las cinco y media de la tarde mirando hacia el sur, porque decía que así recordaba los atardeceres de la finca, solo con cerrar sus ojos. Así aprendí el valor de la vida, de la madre tierra, de cada uno de los elementos, conectados unos con otros en una cadena irrompible de conexiones interminables que nos hacen un solo ser. Así aprendí, a través de los años, que la curación ancestral ha sido reemplazada por el negocio de la industria farmacéutica, y que la salud, bien sagrado que nos debería pertenecer a todos, no está librado del mismo juego moderno de los negocios y el poder. Así aprendí que el ansia de tener nos ha arrebatado el tesoro más sagrado que tenemos: el tiempo que se requiere para contemplar sin prisas un nacer o poner del sol, el tiempo que se requiere para detenerse a mirar un paisaje, o a mirar fijamente la lengua de una mariposa capturando el polen de una flor.
A mis doce años, recorrí con mi padre los lugares donde él compraba las artesanías que luego vendía en su almacén en Barranquilla. Mirando a los ojos fijamente, estableciendo conversaciones largas y profundas, creando amistades fuertes, lazos que iban más allá de un intercambio comercial de lámparas o jarrones, me enseñó que todos los seres humanos son importantes, que todos los oficios son sagrados. Eso fue lo que aprendí sin ni siquiera él darme un discurso ni un consejo. Aprendí a escuchar cómo le sacaba una risa a quien se topa con él: la señora en tacones de una inmobiliaria, el portero del edificio, el cotero que lleva los bultos en el río Magdalena, el vicepresidente, el señor embajador, la señora amada que entregó su vida sirviendo en la casa del abuelo, el honorable cura, el chofer del bus, el taxista. Todos tienen que doblegarse ante sus chistes, que lo conectan con una parte de sí mismo escondida, y que termina uno sonriendo a carcajadas. Así me enseñó el respeto, la necesidad del otro, el valor de la amistad y del perdón. Y así aprendí años más tarde, que esas relaciones han sido reemplazadas por mecanismos de poder que nos hacen creer que somos animales de una cadena de evolución, donde el pez grande se come al chico, y en donde las relaciones de negocios buscan expansión, más sucursales, nuevos mercados, en vez de mantener relaciones cercanas, profundas y de bienestar en los lugares donde trabajamos. Y que ese esquema es copiado de las corporaciones gringas, que crean negocios con planes, estrategias, políticas idénticas, y que esa forma de hacer empresa ha contagiado a casi todos en el planeta, convirtiendo los lugares donde trabajamos en una copia idéntica de cómo se hace dinero en Walmart, perdiendo así la calidez e identidad necesaria que uno necesita para poder trabajar agradado en un lugar. La esperanza es que existen algunos pocos que se resisten a ese modelo, y que con creatividad y esfuerzo se dedican a crear nuevas formas de relacionarse, y de llevar empresas cálidas, en donde sea agradable para todos estar.
¿Es perfecto mi padre por haberme enseñado sin hablar todas estas cosas? No. Claro que no lo es. De la misma forma ha cometido errores. También en un momento de su vida me negó el apoyo para irme a Praga a estudiar teatro, porque “el arte era para morirse de hambre”. Adivino que porque en él habita la misma lucha que durante tantos años ha habitado en mí. Esa lucha que me ha halado entre el ser y el tener. Esa lucha que parece estar cesando, porque cada día veo más claro que el camino del ser es el único que quiero. Que el tener es solo una consecuencia, y que como decía Gandhi, de eso siempre se encarga natura para proveer.
Entonces hoy quiero dar gracias a mi padre. Gracias porque me enseñó a comprar en promoción, con el argumento de que las promociones costaban la mitad, simplemente porque estaba fuera de temporada (claro, porque la media no lo deseaba, porque en los comerciales estaba pasado de moda), y por lo tanto bajo de demanda, pero que era la misma cosa. Me enseñó a no mirar las marcas, y buscar la calidad, me enseñó a recorrer los lugares, a preferir la Plaza del Mercado del siete de Agosto, a los grandes almacenes de cadena. Siempre indicándome que así uno impulsaba y apoyaba a lo local, y eso generaba movimiento en la economía, además de ser colorido, hermoso, lleno de vida y ruido. Porque de esa manera me llevó por decenas de pueblos de Colombia, en donde sentados en las plazas aprendimos de quienes viven en esos lugares la cultura viva, el alma de nuestras regiones. Porque me dijo que tuviera siempre un sentido crítico, y nunca me dejara engañar por una sola fuente.
Claro que importa. Claro que es urgente saber qué le señalamos como valioso a quienes nos rodean. Nunca en mi niñez me hicieron desear ir a Walt Disney, o a tener una visa para un sueño. Jamás mi padre me lo puso como opción. Siempre me dijo que primero había que conocer cada rincón de nuestro país, valorar sus platos, sus paisajes, su gente, y luego pensar en ir a otro lugar. Y yo aprendí eso. Aprendí que varias veces que invitaron a mi padre a Estados Unidos en los últimos años, él dijo en tono determinado que no estaba dispuesto a pararse durante horas a hacer fila para rogar una visa, que no estaba dispuesto a que le hicieran preguntas con todo dominante, y a mostrar todos sus papeles, sólo por ir a ver el Empire State, que prefería irse al Valle de Tensa. Y así lo hizo.
Este pensamiento es un legado. Un legado que me ha costado peleas con mucha gente, un poco de soledad y cierta marginalidad, pero un legado que sigo defendiendo con uñas y dientes en una lucha por medio de las palabras. Porque por fin a mis 44 años he descubierto que el legado de mi padre es el tesoro más valioso que guardo, y que mi búsqueda por hallar lo esencial en mí, y en cada una de las cosas, fue porque él me enseñó a amar por sobre todas las cosas el aroma de una flor, el canto de un pájaro, la puesta del sol, más que la sonrisa de un muñeco de Walt Disney, o el aroma de cuero de un auto elegante. Y se lo agradezco de corazón, porque durante muchos años no me gustaba ir a la finca, o ir de pueblo en pueblo, cuando yo escuchaba que mis amigas del colegio iban a Walt Disney. Pero al paso de los años entendí el mensaje, y con los años aprendí que lo que él me enseñó jamás podrá ser destruido por nada ni por nadie, por ningún tirano u oponente. Porque lo que él me enseñó es inquebrantable, irrompible, y eterno, algo que no tenía el World Trade Center en las torres gemelas de Nueva York.
Este pensamiento es un legado. Un legado que me ha costado peleas con mucha gente, un poco de soledad y cierta marginalidad, pero un legado que sigo defendiendo con uñas y dientes en una lucha por medio de las palabras. Porque por fin a mis 44 años he descubierto que el legado de mi padre es el tesoro más valioso que guardo, y que mi búsqueda por hallar lo esencial en mí, y en cada una de las cosas, fue porque él me enseñó a amar por sobre todas las cosas el aroma de una flor, el canto de un pájaro, la puesta del sol, más que la sonrisa de un muñeco de Walt Disney, o el aroma de cuero de un auto elegante. Y se lo agradezco de corazón, porque durante muchos años no me gustaba ir a la finca, o ir de pueblo en pueblo, cuando yo escuchaba que mis amigas del colegio iban a Walt Disney. Pero al paso de los años entendí el mensaje, y con los años aprendí que lo que él me enseñó jamás podrá ser destruido por nada ni por nadie, por ningún tirano u oponente. Porque lo que él me enseñó es inquebrantable, irrompible, y eterno, algo que no tenía el World Trade Center en las torres gemelas de Nueva York.
