Y ahí, sentado en el banco de los estudiantes,
con los ojos marrones que le fueron dotados por los genes de su padre y su
madre, desde los umbrales infinitos de un alma que quiere aprender, me
miró con una plenitud que me hizo temblar, y ya con el respiro del pequeño aire
que requerían sus pulmones, mi alma ya sabía la pregunta. Yo estaba allí,
parada en el piso de los profesores, mi marco era un tablero blanco, inmenso, que
iluminaba la mitad del espacio de mi cuerpo con esa luz especial y fría, en
donde uno calienta con mamarrachos lo que está queriendo expresar en cada
clase. Mis ojos abiertos, a veces bizcos de miopía, lo miraron detrás de mis
gafas.
Entonces las palabras florecieron. “Pregunta de
periodista primípara”, mencionó mi abuelo ante la misma pregunta, lanzada con
la misma honestidad que me contagiaba este chico de 17 años, ávido de
respuestas, urgente de señales para seguir un destino propio. Como si los
adultos supiéramos algo. Como si por
tener cuarenta, cincuenta u ochenta, supiéramos un punto más sobre lo
indescifrable y lo infinito. Como si recorrer escuelas, carreteras, amigos,
como si devorar mil libros, o dos mil, o ver todas las películas, todas las historias,
nos ayudara a saber a dónde ir, o como es el devenir, o el porvenir, o como es
que nace una flor, o como es que muere un perro estrellándose en una roca, y
destruyendo sus entrañas contra la marea que lo arrebata de un lado y del otro,
indefenso, muerto, sin pedazos, o cómo ocurrió la historia de aquel muerto que
vi, yo sin aliento, en la desembocadura del río Magdalena en el Atlántico,
inflado, sin forma clara, sin cabeza. Lo seguí con la mirada, y nunca supe su
historia, nunca supe de cuál guerra fue víctima, ni quien fue su madre, ni su
padre, ni su lucha, ni su angustia, ni las mujeres que amó, ni a quién odio, o el
arma que lo mató, ni quién lo mandó al río, ni qué animal devoró su cabeza.
Como si conocer las fotos de todas las tierras, los dibujos de los planetas,
saberme la capital de todos los países del mundo, los presidentes de 1987,
cuando la maestra de sociología nos hizo memorizarlos y recitarlos en su clase,
como si saberme los versos de Omero, o ser capaz de tatarear La Traviata, como si
todo eso me sirviera para saber algo más de lo que sabía a mis siete años,
cuando me acerqué a ver la rejita de la chimenea en casa del abuelo, y vi una
pequeña huella, diminuta, y yo sabía qué era, pero quise confirmar, y mi tía me
dijo que era la huella del niño Dios, que la había dejado ahí porque tenía sus
zapaticos muy calientes, y había quemado la rejilla. Entonces mi corazón se
paralizó por un microsegundo. Las risas de todos los tiempos se atoraron en mi
garganta, y sentí que podía ver. Mi tía se paró y fue a tomar comida del buffet
de navidad. Y yo me quedé allí, contemplando la huella del niño Dios. Sin
tocarla, solo por el deseo de verla, solo por recordar que allí había estado.
El ardor de la chimenea, el olor a madera, las pequeñas faiscas que inundaban
el tras la rejita con la huella. Como si esa certeza sirviera de algo para
responder la pregunta. Como si al crecer, al leer todos los libros, y llenarme
de filósofos existencialistas y de razones de materia, la negación de Dios me
hubiera acercado más a resolver el misterio que hay detrás de esa pregunta.
Nada de eso sirvió ante esos ojos que en un segundo de silencio esperaban una
guía, un modelo, un patrón.
Supongo que los profesores tenemos una
responsabilidad enorme. A veces somos como los padres, y ellos nuestros hijos
prestados, nuestros hijos adoptivos por seis meses, por un año, o por toda la
vida, desde el alma. El que se sienta a escuchar al otro, abre su alma, se
vuelve permeable a su influencia. El que abre sus oídos al escuchar, se deja
contagiar de la vivencia. Me sentí responsable. Durante muchas clases, he
contado sobre mi vida, sobre mis decisiones, sobre las formas de ver el mundo.
Sé cómo muchos maestros fueron un espejo, una guía, y olvidándome de mí, los
seguí. No quería decirle que me siguiera, no quería hacerle sentir que mi ruta
era la apropiada. Pero fue muy de repente la pregunta, así como me supongo fue
muy rápida cuando se la hice a mi abuelo, a mis 29 años de edad, perdida sin
saber qué hacer, después de renunciar a seis años trabajando en un banco,
graduada con honores en la USTA de economista y administradora de empresas,
quien logró tener un buen puesto, y viajar como coordinadora de proyectos
importantísimos a nivel nacional. Laureada, admirada, exitosa, líder, pero
perdida. Había renunciado hacía seis meses, y llevaba un año y medio estudiando
teatro por la noche, después de la oficina. Pasé por la marihuana, el alcohol,
el sexo. Y me sentía perdida, no sé si infeliz, pero perdida, angustiada,
atónita, sin brújula, sin destino. Entonces empecé a escribir la historia de mi
abuelo, un hombre exitoso en las labores empresariales, y sentí en ese momento
de mi vida, sentada a su izquierda, en la silla de terciopelo rojo y madera
pintada de color dorado, mientras él se tomaba un té, con su espalda apoyada en
tres almohadones rellenos de plumas de pato, apoyadas a la vez contra la
cabecera de la cama, sus piernas estiradas, apoyando las galletitas y la taza
de té en una eterna mesita de cuatro patas que se ponía al frente, con sus lentes
hacia abajo, unos pelos canosos en un desorden pequeño, que me producían un
poco de amor, sentí que él tenía la respuesta. De su respuesta parecía depender
mi destino. Si él era feliz, yo lo seguiría. Yo enrutaria mis rutas, orientaría
mi brújula. Juiciosa concentraría los esfuerzos, disciplinaria mis impulsos.
Quitando suave la taza del té de sus labios cansados, me dijo con un tono de
burla que me dolió. “Mijita, esa es pregunta de periodista novata. Hay quienes
son felices comiéndose una almendra”. Y un silencio, un silencio largo e
incómodo, que me hizo entender que podíamos pasar a la siguiente pregunta.
Ese vacío fue lo posible para que me
reconstruyera. No había nadie quien me lo dijera. Era yo quien tenía la
obligación de descubrirlo. Quince años después viene la pregunta. Dos veces en
el mismo mes. La primera vez, contesté apresurada. Le dije que sí, que yo creía
que lo era. La segunda fue un mes
después, ya había tenido tiempo de digerirlo, hacía mucho que no me lo
preguntaba a mí misma. Entonces salió del corazón: No sé, depende de a qué le
llames felicidad. Ahora hay días que sonrío a carcajadas, días en que mi alma
danza con el color de las rosas rojas que borbotean en el arbusto que veo desde
la ventana de mi cocina. Días en que la brisa es mi compañera, los niños me
sonríen, y todo está dotado de una luz especial. Pero lloro, y otros días
siento que el hueco de mi soledad me sobrepasa, siento que los engaños e
injusticias me rebasan y la noche oscura de mis miedos y mis anhelos no
resueltos, me hacen apretar los dientes contra la almohada, para que no se oiga
mi angustia de dolor en la pared del lado. Esos días no quiero ver a nadie, no
quiero ir a clase, no quiero que nadie me salude, ni quiero ver la sonrisa de
los que en esos días son felices mordiendo una almendra. En esos días me
encierro, me abrazo mis piernas en posición fetal y oro, y grito. No sé si soy
más feliz ahora de lo que era o hubiera podido ser en el banco. Nos enseñaron
que la felicidad es esa sonrisa estúpida y pre conceptuada, de personas tomando
un refresco que ni siquiera me permito nombrar, de tanto daño que ha hecho. Nos
enseñaron que la felicidad es tener una familia, una casa, un carro, y esa
felicidad de estudio de cine, que vemos en los comerciales de la tv. Esa
“felicidad” que ahora llamo confort, la sentí muchas veces en el banco. Ahora
no, ahora ese confort ha sido reemplazado por un estado de vigilia, de tensión,
de alerta. Es un riesgo, una incertidumbre, un estado sin nombre. Ese es mi
estado. No negar lo que transito. Dejarme estar en los días que recorro,
observando con la intensidad de la niña que fui, mirando un 24 de diciembre una
huella en la rejita de la chimenea de la casa del abuelo. Observando, no sé si más o menos feliz, pero al mennos más honesta conmigo misma.
