10 diciembre 2016

La pregunta

Y ahí, sentado en el banco de los estudiantes, con los ojos marrones que le fueron dotados por los genes de su padre y su madre, desde los umbrales infinitos de un alma que quiere aprender, me miró con una plenitud que me hizo temblar, y ya con el respiro del pequeño aire que requerían sus pulmones, mi alma ya sabía la pregunta. Yo estaba allí, parada en el piso de los profesores, mi marco era un tablero blanco, inmenso, que iluminaba la mitad del espacio de mi cuerpo con esa luz especial y fría, en donde uno calienta con mamarrachos lo que está queriendo expresar en cada clase. Mis ojos abiertos, a veces bizcos de miopía, lo miraron detrás de mis gafas.



Entonces las palabras florecieron. “Pregunta de periodista primípara”, mencionó mi abuelo ante la misma pregunta, lanzada con la misma honestidad que me contagiaba este chico de 17 años, ávido de respuestas, urgente de señales para seguir un destino propio. Como si los adultos supiéramos algo.  Como si por tener cuarenta, cincuenta u ochenta, supiéramos un punto más sobre lo indescifrable y lo infinito. Como si recorrer escuelas, carreteras, amigos, como si devorar mil libros, o dos mil, o ver todas las películas, todas las historias, nos ayudara a saber a dónde ir, o como es el devenir, o el porvenir, o como es que nace una flor, o como es que muere un perro estrellándose en una roca, y destruyendo sus entrañas contra la marea que lo arrebata de un lado y del otro, indefenso, muerto, sin pedazos, o cómo ocurrió la historia de aquel muerto que vi, yo sin aliento, en la desembocadura del río Magdalena en el Atlántico, inflado, sin forma clara, sin cabeza. Lo seguí con la mirada, y nunca supe su historia, nunca supe de cuál guerra fue víctima, ni quien fue su madre, ni su padre, ni su lucha, ni su angustia, ni las mujeres que amó, ni a quién odio, o el arma que lo mató, ni quién lo mandó al río, ni qué animal devoró su cabeza.


Como si conocer las fotos de todas las tierras, los dibujos de los planetas, saberme la capital de todos los países del mundo, los presidentes de 1987, cuando la maestra de sociología nos hizo memorizarlos y recitarlos en su clase, como si saberme los versos de Omero, o ser capaz de tatarear La Traviata, como si todo eso me sirviera para saber algo más de lo que sabía a mis siete años, cuando me acerqué a ver la rejita de la chimenea en casa del abuelo, y vi una pequeña huella, diminuta, y yo sabía qué era, pero quise confirmar, y mi tía me dijo que era la huella del niño Dios, que la había dejado ahí porque tenía sus zapaticos muy calientes, y había quemado la rejilla. Entonces mi corazón se paralizó por un microsegundo. Las risas de todos los tiempos se atoraron en mi garganta, y sentí que podía ver. Mi tía se paró y fue a tomar comida del buffet de navidad. Y yo me quedé allí, contemplando la huella del niño Dios. Sin tocarla, solo por el deseo de verla, solo por recordar que allí había estado. El ardor de la chimenea, el olor a madera, las pequeñas faiscas que inundaban el tras la rejita con la huella. Como si esa certeza sirviera de algo para responder la pregunta. Como si al crecer, al leer todos los libros, y llenarme de filósofos existencialistas y de razones de materia, la negación de Dios me hubiera acercado más a resolver el misterio que hay detrás de esa pregunta. Nada de eso sirvió ante esos ojos que en un segundo de silencio esperaban una guía, un modelo, un patrón.



Supongo que los profesores tenemos una responsabilidad enorme. A veces somos como los padres, y ellos nuestros hijos prestados, nuestros hijos adoptivos por seis meses, por un año, o por toda la vida, desde el alma. El que se sienta a escuchar al otro, abre su alma, se vuelve permeable a su influencia. El que abre sus oídos al escuchar, se deja contagiar de la vivencia. Me sentí responsable. Durante muchas clases, he contado sobre mi vida, sobre mis decisiones, sobre las formas de ver el mundo. Sé cómo muchos maestros fueron un espejo, una guía, y olvidándome de mí, los seguí. No quería decirle que me siguiera, no quería hacerle sentir que mi ruta era la apropiada. Pero fue muy de repente la pregunta, así como me supongo fue muy rápida cuando se la hice a mi abuelo, a mis 29 años de edad, perdida sin saber qué hacer, después de renunciar a seis años trabajando en un banco, graduada con honores en la USTA de economista y administradora de empresas, quien logró tener un buen puesto, y viajar como coordinadora de proyectos importantísimos a nivel nacional. Laureada, admirada, exitosa, líder, pero perdida. Había renunciado hacía seis meses, y llevaba un año y medio estudiando teatro por la noche, después de la oficina. Pasé por la marihuana, el alcohol, el sexo. Y me sentía perdida, no sé si infeliz, pero perdida, angustiada, atónita, sin brújula, sin destino. Entonces empecé a escribir la historia de mi abuelo, un hombre exitoso en las labores empresariales, y sentí en ese momento de mi vida, sentada a su izquierda, en la silla de terciopelo rojo y madera pintada de color dorado, mientras él se tomaba un té, con su espalda apoyada en tres almohadones rellenos de plumas de pato, apoyadas a la vez contra la cabecera de la cama, sus piernas estiradas, apoyando las galletitas y la taza de té en una eterna mesita de cuatro patas que se ponía al frente, con sus lentes hacia abajo, unos pelos canosos en un desorden pequeño, que me producían un poco de amor, sentí que él tenía la respuesta. De su respuesta parecía depender mi destino. Si él era feliz, yo lo seguiría. Yo enrutaria mis rutas, orientaría mi brújula. Juiciosa concentraría los esfuerzos, disciplinaria mis impulsos. Quitando suave la taza del té de sus labios cansados, me dijo con un tono de burla que me dolió. “Mijita, esa es pregunta de periodista novata. Hay quienes son felices comiéndose una almendra”. Y un silencio, un silencio largo e incómodo, que me hizo entender que podíamos pasar a la siguiente pregunta.



Ese vacío fue lo posible para que me reconstruyera. No había nadie quien me lo dijera. Era yo quien tenía la obligación de descubrirlo. Quince años después viene la pregunta. Dos veces en el mismo mes. La primera vez, contesté apresurada. Le dije que sí, que yo creía que lo era.  La segunda fue un mes después, ya había tenido tiempo de digerirlo, hacía mucho que no me lo preguntaba a mí misma. Entonces salió del corazón: No sé, depende de a qué le llames felicidad. Ahora hay días que sonrío a carcajadas, días en que mi alma danza con el color de las rosas rojas que borbotean en el arbusto que veo desde la ventana de mi cocina. Días en que la brisa es mi compañera, los niños me sonríen, y todo está dotado de una luz especial. Pero lloro, y otros días siento que el hueco de mi soledad me sobrepasa, siento que los engaños e injusticias me rebasan y la noche oscura de mis miedos y mis anhelos no resueltos, me hacen apretar los dientes contra la almohada, para que no se oiga mi angustia de dolor en la pared del lado. Esos días no quiero ver a nadie, no quiero ir a clase, no quiero que nadie me salude, ni quiero ver la sonrisa de los que en esos días son felices mordiendo una almendra. En esos días me encierro, me abrazo mis piernas en posición fetal y oro, y grito. No sé si soy más feliz ahora de lo que era o hubiera podido ser en el banco. Nos enseñaron que la felicidad es esa sonrisa estúpida y pre conceptuada, de personas tomando un refresco que ni siquiera me permito nombrar, de tanto daño que ha hecho. Nos enseñaron que la felicidad es tener una familia, una casa, un carro, y esa felicidad de estudio de cine, que vemos en los comerciales de la tv. Esa “felicidad” que ahora llamo confort, la sentí muchas veces en el banco. Ahora no, ahora ese confort ha sido reemplazado por un estado de vigilia, de tensión, de alerta. Es un riesgo, una incertidumbre, un estado sin nombre. Ese es mi estado. No negar lo que transito. Dejarme estar en los días que recorro, observando con la intensidad de la niña que fui, mirando un 24 de diciembre una huella en la rejita de la chimenea de la casa del abuelo. Observando, no sé si más o menos feliz, pero al mennos más honesta conmigo misma. 

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