12 diciembre 2016

El dogma del consumismo

Primero es importante ver cómo surge cualquier proceso de culturización en el ser humano. Pero antes, entender que cultura es cualquier transmisión de valores, idioma, concepción del mundo, y forma de relacionarse en sociedad.

El principal gestor en la transmisión de cultura es la familia en donde nacemos. Eso lo sabemos todos. Allí aprendemos a comunicarnos a través de símbolos e imágenes lingüísticas, de expresiones. Aprendemos el valor de cada cosa, tanto su valor intrínseco como extrínseco. Es allí donde se nos enseña qué está bien, y qué está mal, a través de nuestra personalidad, de los avisos de los adultos.


Cuando niños, en forma instintiva, preguntamos todo el tiempo al adulto, verbalmente o con   una simple mirada, si lo que intentamos  hacer está bien o está mal. Buscamos aprobación. Desde nuestra naturaleza más íntima, cuando somos indefensos sentimos que nuestros padres son los que saben y tienen más experiencia en el medio que nos rodea.

Pero fundamentalmente porque confiamos en ellos. Porque ellos tienen en sus manos uno de los tesoros más preciados que alguien puede entregar a otro: la confianza. Un bien que a la vez que es fuerte como una roca, puede ser destruido fácilmente como un castillo de arena. En todas las relaciones humanas este principio se hace evidente. Confiamos en nuestros padres, o en quien cuida de nosotros, e instintivamente desarrollamos la capacidad de imitar, de copiar los cánones de comportamiento que provienen de ese ser, y que está a nuestro lado por el destino, o porque lo elegimos, eso es lo de menos. Sin confianza no puede haber transmisión de cultura, no puede haber verdadera imitación de ningún patrón.

Este proceso de asimilación de la cultura no muda un ápice cuando llegamos a la vida adulta. En un momento de la adolescencia, y cuando empezamos a ver por nuestros propios ojos el mundo que nos rodea, principalmente empezamos a descubrir algunas cosas: que los adultos nos han mentido, o en la escuela, o en la facultad, o en la religión, y así sucesivamente. Entonces salimos al mundo a buscar nuevamente alguien en quien confiar. Alguien que nos dé la píldora mágica de la seguridad. Algunos la encuentran nuevamente en una religión que les parezca más fácil de practicar, o en un lugar donde puedan ser más felices. Otros salen a buscar una filosofía que les haga sentir que son una especie de elegidos divinos, mandados para convertir y salvar a todas las almas humanas. Entonces se crean cientos de lugares en donde se proliferan maestros a los que hay que seguir al pie de la letra. 

Algunos buscan la seguridad  en el dios dinero, y a partir de allí sostienen todo su mecanismo de creencias y de soporte. Confían en aquel dios porque ven en las vallas publicitarias que otros seres humanos sonríen cuando lo siguen.

Otros más, buscan su seguridad en los estudios científicos, en la observación parcial de fenómenos naturales aislados, y en su interpretación en sendos tratados. Otros, como yo, intentan buscar esa seguridad perdida dentro sí mismos, muy en lo profundo, buscando algo llamado esencia, Tao, Espíritu, luz, o como cada cual pueda bautizar ese misterio intimo que es nuestra propio ser auténtico, espontáneo y verdadero.

¿Quién tiene la razón? ¿Quién está en el camino cierto? Dejo a cada uno de ustedes descubrirlo, porque si me lo preguntan, por obvias razones yo diría que el mío, ya que simplemente fui yo quien lo escogí. No pretendo convencerlo de mi verdad, usted es libre de pensar como quiera. Solo quiero expresar a continuación lo que veo que surge en el proceso de culturalización del consumismo, y lo escondida que está la práctica de esta secta, la religión más practicada en nuestros días, y la más inconsciente, la religión del dinero.  

Todo comienza con la familia. Inmersa en las cenas, en las reuniones sociales, y al lado de los valores religiosos (desde el punto de vista espiritual) poco a poco, y sin que nadie lo perciba, las generaciones van aprendiendo los mandatos de la secta. El principio fundamental que hace posible esta religión, es que lo primero que debes hacer es buscar el reino del dinero, que todo lo demás vendrá por añadidura.

Despacito, muy despacito, los valores culturales nos van siendo transmitidos, diciendo que el dinero traerá la felicidad propia y la de la familia, éste es la entrada en el paraíso moderno, la tierra prometida. No es extraño escuchar en las reuniones familiares que fulanito está muy bien porque tiene un gran puesto en una empresa multinacional, y gana un sueldo de maravilla. Ese es un buen fiel de la secta, ese aplica los mandamientos al pie de la letra. Ese  es un buen pastor, que se encargará de promover e incentivar en todos los demás miembros del clan lo que es ser exitoso y feliz.

Esa persona, que percibe un sueldo grande, tiene a la vez que trabajar más de diez horas por día, estar a disposición de sus jefes cuando lo necesiten. Tiene que fingir que está bien, sonreír, ser motivador, líder, buena persona. No importa que su matrimonio esté en crisis, o que sus hijos nunca vean a su padre. Eso no importa, porque desde que esa familia pueda consumir, ellos son un ejemplo para los demás feligreses. No importa que si es empresario tenga una gran cantidad de personas trabajando para él en condiciones en las cuales esos seres humanos jamás descubrirán su verdadero lugar en el mundo. No, eso no importa, porque la medida de valor del practicante de la secta, será la cantidad de monedas depositadas en los bancos.

Las otras cosas no se ven, no son medibles, no cuentan. Los rostros de  cansancio, fatiga, impotencia, dolor e inconformismo que se perciben a diario en las horas pico de las ciudades a un altísimo porcentaje de los siete mil millones de personas que habitamos este espacio; esos rostros y lo que las personas que los cargan hablan en los pasillos de las empresas, esos rostros que revelan vacío, soledad, incomprensión de su función. Esos rostros no se miden, esos rostros no están en ninguna estadística. Pero eso no importa en la religión del dinero, porque como no se puede medir, ¿No se ve?

La secta tiene además una serie de mandamientos, que trataré de evidenciar lo más claramente posible.

Amarás al dinero sobre todas las cosas, y sólo al prójimo que comparta tus intereses económicos. Los demás seres no sirven para alcanzar las relaciones de individualismo que necesitas. Por lo tanto, tú y tus hijos tendrán que codearse siempre con “gente de bien” y para que eso sea posible, tendrás que garantizar que tus seres cercanos estudien en los colegios y universidades donde se codeen con las personas que ya alcanzaron niveles sociales de consumo elevados, es decir, que alcanzaron el paraíso.
A ellos son los que tienes que imitar y obedecer. Son ellos la meta anhelada. Ellos y los clubes que ellos visitan. Ellos y los centros comerciales en donde ellos compran. Tú meta más preciada será vivir como viven ellos, en los edificios y conjuntos residenciales donde ellos viven, con las marcas y modelos de carros que ellos manejan. Sólo eso traerá la felicidad anhelada,  lo demás, francamente, no tiene la menor importancia. Desde que tú y tu familia estén bajo estos estándares, tu mundo será el paraíso.

¿Cómo lo lograrás?: trabajaras y trabajarás y trabajarás, sin parar. Obedecerás las órdenes así te parezcan absurdas. No pienses ni cuestiones la doctrina, ni tu religión del dinero, ella es inalterable. Consumirás y consumirás, y de este modo serás feliz. Este mandato es el que rige fundamentalmente sobre todas las cosas en la religión del dinero.

Un niño conoce el juguete del vecino, y ya quiere tener uno igual. No importa si lo necesita realmente o no, el mandato dice que debemos consumir, y que a través de las cosas que consumamos somos medidos en nuestro medio. Las reuniones familiares de la mayoría de los hogares en cualquier lugar del mundo "civilizado" se centran en saber qué auto compró fulano o mengano, o en la preparación que cada uno está haciendo para poder lograr niveles mayores de consumo, o lo que está haciendo el gobierno para que esto sea posible, o la novena mágica donde uno le puede pedir a un santo o al otro un nuevo trabajo mejor remunerado, o el carro último modelo que tanto desea.

Codiciarás y envidiarás los bienes ajenos. Eso es lo que mueve la economía. Desea, envidia al vecino, su carro, su casa, ese es el mecanismo del progreso. No te conformes, los seres conformistas son pecadores, son seres despreciables que no saben lo que es el buen vivir. 

Otro aspecto de los mandatos de la secta es no contradecir el dogma, jamás cuestionarlo u oponerte, porque serás expulsado, marginado, preso o muerto. Seas un individuo, una comunidad, un país o una región.

Santificarás todos los lugares donde puedas comprar. Irás allí todos los días si es posible, y los fines de semana será el lugar donde podrás gastar. Ese será tu sitio más querido, en donde encontrarás la paz y la satisfacción anhelada. Pero debes saber que siempre podrás tener más, siempre podrás consumir más y más. Mira allí ese vestido más caro. Pórtate bien, y recibirás un ascenso, y así podrás comprar ese vestido de allí, y esos zapatos de allá.

Sé responsable, puntual, y ten calidad en las cosas que haces en tu trabajo, obedece a tu jefe y podrás comprar ese nuevo carro que está expuesto en el santuario hace dos semanas, y que los pastores más avanzados ya están comprando. Ellos, los pastores, te harán evidente tu deseo cada vez que salgas a la calle. No importa que tengas un auto en el garaje que te sirva y anda bien. No importa que tengas ya suficientes vestidos y zapatos, la religión del consumo te dice que no hay nada más placentero que estrenar y tener las cosas que den prestigio. Si el mundo se viene abajo no importa, desde que tú estés con  esa blusa linda que te queda tan bien.

Desearás tener siempre un  hombre o una mujer mejor. No te conformes con la pareja que tienes, siempre habrá alguien mejor en el mercado. Alguien que realmente te haga feliz. Búscalo, experimenta, prueba, desecha, total las relaciones humanas son desechables y pueden ser cambiadas fácilmente. La culpa es del otro y tú solo debes buscar tu propia satisfacción.

Ahora veamos cómo se logra la transmisión efectiva de toda esta catequesis. Volvamos al punto de partida de donde surgió esta reflexión. La confianza. Cuando niños, nuestros ídolos son nuestros padres, y por ello imitamos, casi calcamos sus comportamientos.

Copiamos su lengua, sus gestos, su forma de caminar. Tomamos la escoba con la que barre nuestra madre, y tomamos un cigarro imaginario en nuestras conversaciones, tomamos las herramientas de nuestro padre, y queremos hacer lo que él hace. Ellos, nuestros padres, o quien cuida de nosotros, son nuestros guías, nuestros ídolos, nuestros héroes, y por eso lo copiamos. Queremos ser como él, pero fundamentalmente porque sentimos que nos ama, sentimos que para ellos nosotros somos lo más importante del mundo, y que en esa relación de respeto, de comunión, esa es la única persona en el mundo a quien queremos imitar.

El contacto con el medio nos lleva a conocer más personas, pensamientos, y percibimos que nuestro héroe va perdiendo fuerza. Vemos que podemos elegir, que podemos ser libres, pero que sobre todo, podemos desarrollar nuestra propia autenticidad. Nuestro héroe va convirtiéndose en un humano igual a nosotros, igual de perdido, e igual, en medio de un proceso de aprendizaje. Eso causa miedo, frustración y a la vez un  impulso a ser nosotros, con las herramientas aprendidas, quienes continuaremos con esa búsqueda humana antigua de la libertad, el conocimiento de las leyes de la vida.

Los grandes pastores de la secta del dinero saben cómo ocurre este proceso. Por eso forman héroes, personas que representen nuestros más ansiados valores.

La disciplina, el talento, el alcance de metas, el encuentro de la vocación y el trabajo constante por desarrollarla, el espíritu de superación, el no rendirse. Valores estos enclavados en cualquier ser, que son a la vez los valores más básicos para poder mantenernos vivos.

Entonces surgen las estrellas de rock, los futbolistas, los grandes hombres de negocios que aparecen en las revistas económicas. Ellos son nuestros héroes, ellos nos dirán que gaseosa tomar, qué tenis usar, donde pasaremos nuestras próximas vacaciones, en qué escuela deben estudiar nuestros hijos para que se encuentren con otros hijos, se casen, y formen familias que sigan los principios de catequesis del consumo. Y nosotros, como borregos, como ovejas más fanáticas y fieles que cualquier secta oscura, los seguimos sin preguntar, sin cuestionar, sin chistar.  Creo que ni siquiera estas estrellas lo saben, o ni siquiera los managers, es un proceso tan inconsciente, que me produce un frío en la espalda.

Puedo confesarle que ya fui fiel a esta secta, y que todas las cosas prometidas fueron cumplidas, excepto una: nada de esto me hizo completamente feliz. Nada de esto me mejoró como ser humano, o mejoró considerablemente mis relaciones. Nada de esto me hizo reír sinceramente, o encontrar amistades profundas.  Las cosas fundamentales y esenciales no tienen precio, y jamás podrán ser compradas ni vendidas en ningún mercado. Intente ver la esencia de las cosas que lo rodean, y lo verificará por sí mismo. 

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