Primero es importante ver cómo surge cualquier
proceso de culturización en el ser humano. Pero antes, entender que cultura es
cualquier transmisión de valores, idioma, concepción del mundo, y forma de
relacionarse en sociedad.
El principal gestor en la transmisión de
cultura es la familia en donde nacemos. Eso lo sabemos todos. Allí aprendemos a
comunicarnos a través de símbolos e imágenes lingüísticas, de expresiones. Aprendemos
el valor de cada cosa, tanto su valor intrínseco como extrínseco. Es allí donde
se nos enseña qué está bien, y qué está mal, a través de nuestra personalidad,
de los avisos de los adultos.
Cuando niños, en forma instintiva, preguntamos
todo el tiempo al adulto, verbalmente o con una simple mirada, si lo que
intentamos hacer está bien o está mal. Buscamos aprobación. Desde nuestra
naturaleza más íntima, cuando somos indefensos sentimos que nuestros padres son
los que saben y tienen más experiencia en el medio que nos rodea.
Pero fundamentalmente porque confiamos en
ellos. Porque ellos tienen en sus manos uno de los tesoros más preciados que alguien
puede entregar a otro: la confianza. Un bien que a la vez que es fuerte como
una roca, puede ser destruido fácilmente como un castillo de arena. En todas
las relaciones humanas este principio se hace evidente. Confiamos en nuestros
padres, o en quien cuida de nosotros, e instintivamente desarrollamos la
capacidad de imitar, de copiar los cánones de comportamiento que provienen de
ese ser, y que está a nuestro lado por el destino, o porque lo elegimos, eso es
lo de menos. Sin confianza no puede haber transmisión de cultura, no puede
haber verdadera imitación de ningún patrón.
Este proceso de asimilación de la cultura no
muda un ápice cuando llegamos a la vida adulta. En un momento de la
adolescencia, y cuando empezamos a ver por nuestros propios ojos el mundo que
nos rodea, principalmente empezamos a descubrir algunas cosas: que los adultos
nos han mentido, o en la escuela, o en la facultad, o en la religión, y así
sucesivamente. Entonces salimos al mundo a buscar nuevamente alguien en quien
confiar. Alguien que nos dé la píldora mágica de la seguridad. Algunos la
encuentran nuevamente en una religión que les parezca más fácil de practicar, o
en un lugar donde puedan ser más felices. Otros salen a buscar una filosofía
que les haga sentir que son una especie de elegidos divinos, mandados para
convertir y salvar a todas las almas humanas. Entonces se crean cientos de
lugares en donde se proliferan maestros a los que hay que seguir al pie de la
letra.
Algunos buscan la seguridad en el dios
dinero, y a partir de allí sostienen todo su mecanismo de creencias y de
soporte. Confían en aquel dios porque ven en las vallas publicitarias que otros
seres humanos sonríen cuando lo siguen.
Otros más, buscan su seguridad en los estudios
científicos, en la observación parcial de fenómenos naturales aislados, y en su
interpretación en sendos tratados. Otros, como yo, intentan buscar esa
seguridad perdida dentro sí mismos, muy en lo profundo, buscando algo llamado esencia,
Tao, Espíritu, luz, o como cada cual pueda bautizar ese misterio intimo que es
nuestra propio ser auténtico, espontáneo y verdadero.
¿Quién tiene la razón? ¿Quién está en el camino
cierto? Dejo a cada uno de ustedes descubrirlo, porque si me lo preguntan, por
obvias razones yo diría que el mío, ya que simplemente fui yo quien lo escogí.
No pretendo convencerlo de mi verdad, usted es libre de pensar como quiera.
Solo quiero expresar a continuación lo que veo que surge en el proceso de
culturalización del consumismo, y lo escondida que está la práctica de esta
secta, la religión más practicada en nuestros días, y la más inconsciente, la
religión del dinero.
Todo comienza con la familia. Inmersa en las
cenas, en las reuniones sociales, y al lado de los valores religiosos (desde el
punto de vista espiritual) poco a poco, y sin que nadie lo perciba, las
generaciones van aprendiendo los mandatos de la secta. El principio fundamental
que hace posible esta religión, es que lo primero que debes hacer es buscar el
reino del dinero, que todo lo demás vendrá por añadidura.
Despacito, muy despacito, los valores
culturales nos van siendo transmitidos, diciendo que el dinero traerá la
felicidad propia y la de la familia, éste es la entrada en el paraíso moderno,
la tierra prometida. No es extraño escuchar en las reuniones familiares que
fulanito está muy bien porque tiene un gran puesto en una empresa multinacional,
y gana un sueldo de maravilla. Ese es un buen fiel de la secta, ese aplica los
mandamientos al pie de la letra. Ese es
un buen pastor, que se encargará de promover e incentivar en todos los demás
miembros del clan lo que es ser exitoso y feliz.
Esa persona, que percibe un sueldo grande,
tiene a la vez que trabajar más de diez horas por día, estar a disposición de
sus jefes cuando lo necesiten. Tiene que fingir que está bien, sonreír, ser
motivador, líder, buena persona. No importa que su matrimonio esté en crisis, o
que sus hijos nunca vean a su padre. Eso no importa, porque desde que esa
familia pueda consumir, ellos son un ejemplo para los demás feligreses. No
importa que si es empresario tenga una gran cantidad de personas trabajando
para él en condiciones en las cuales esos seres humanos jamás
descubrirán su verdadero lugar en el mundo. No, eso no importa, porque la
medida de valor del practicante de la secta, será la cantidad de monedas
depositadas en los bancos.
Las otras cosas no se ven, no son medibles, no
cuentan. Los rostros de cansancio,
fatiga, impotencia, dolor e inconformismo que se perciben a diario en las horas
pico de las ciudades a un altísimo porcentaje de los siete mil millones de
personas que habitamos este espacio; esos rostros y lo que las personas que los
cargan hablan en los pasillos de las empresas, esos rostros que revelan vacío,
soledad, incomprensión de su función. Esos rostros no se miden, esos rostros no
están en ninguna estadística. Pero eso no importa en la religión del dinero,
porque como no se puede medir, ¿No se ve?
La secta tiene además una serie de
mandamientos, que trataré de evidenciar lo más claramente posible.
Amarás al dinero sobre todas las cosas, y sólo
al prójimo que comparta tus intereses económicos. Los demás seres no sirven
para alcanzar las relaciones de individualismo que necesitas. Por lo tanto, tú
y tus hijos tendrán que codearse siempre con “gente de bien” y para que eso sea
posible, tendrás que garantizar que tus seres cercanos estudien en los colegios
y universidades donde se codeen con las personas que ya alcanzaron niveles
sociales de consumo elevados, es decir, que alcanzaron el paraíso.
A ellos son los que tienes que imitar y
obedecer. Son ellos la meta anhelada. Ellos y los clubes que ellos visitan.
Ellos y los centros comerciales en donde ellos compran. Tú meta más preciada
será vivir como viven ellos, en los edificios y conjuntos residenciales donde
ellos viven, con las marcas y modelos de carros que ellos manejan. Sólo eso
traerá la felicidad anhelada, lo demás,
francamente, no tiene la menor importancia. Desde que tú y tu familia estén
bajo estos estándares, tu mundo será el paraíso.
¿Cómo lo lograrás?: trabajaras y trabajarás
y trabajarás, sin parar. Obedecerás las órdenes así te parezcan absurdas. No
pienses ni cuestiones la doctrina, ni tu religión del dinero, ella es
inalterable. Consumirás y consumirás, y de este modo serás feliz. Este mandato
es el que rige fundamentalmente sobre todas las cosas en la religión del
dinero.
Un niño conoce el juguete del vecino, y ya
quiere tener uno igual. No importa si lo necesita realmente o no, el mandato
dice que debemos consumir, y que a través de las cosas que consumamos somos
medidos en nuestro medio. Las reuniones familiares de la mayoría de los hogares
en cualquier lugar del mundo "civilizado" se centran en saber qué
auto compró fulano o mengano, o en la preparación que cada uno está haciendo
para poder lograr niveles mayores de consumo, o lo que está haciendo el
gobierno para que esto sea posible, o la novena mágica donde uno le puede pedir
a un santo o al otro un nuevo trabajo mejor remunerado, o el carro último
modelo que tanto desea.
Codiciarás y envidiarás los bienes ajenos. Eso
es lo que mueve la economía. Desea, envidia al vecino, su carro, su casa, ese
es el mecanismo del progreso. No te conformes, los seres conformistas son
pecadores, son seres despreciables que no saben lo que es el buen vivir.
Otro aspecto de los mandatos de la secta es no
contradecir el dogma, jamás cuestionarlo u oponerte, porque serás expulsado, marginado,
preso o muerto. Seas un individuo, una comunidad, un país o una región.
Santificarás todos los lugares donde puedas
comprar. Irás allí todos los días si es posible, y los fines de semana será el
lugar donde podrás gastar. Ese será tu sitio más querido, en donde encontrarás
la paz y la satisfacción anhelada. Pero debes saber que siempre podrás tener más,
siempre podrás consumir más y más. Mira allí ese vestido más caro. Pórtate
bien, y recibirás un ascenso, y así podrás comprar ese vestido de allí, y esos
zapatos de allá.
Sé responsable, puntual, y ten calidad en las
cosas que haces en tu trabajo, obedece a tu jefe y podrás comprar ese nuevo
carro que está expuesto en el santuario hace dos semanas, y que los pastores
más avanzados ya están comprando. Ellos, los pastores, te harán evidente tu
deseo cada vez que salgas a la calle. No importa que tengas un auto en el
garaje que te sirva y anda bien. No importa que tengas ya suficientes vestidos
y zapatos, la religión del consumo te dice que no hay nada más placentero que
estrenar y tener las cosas que den prestigio. Si el mundo se viene abajo no
importa, desde que tú estés con esa
blusa linda que te queda tan bien.
Desearás tener siempre un hombre o una mujer mejor. No te conformes con
la pareja que tienes, siempre habrá alguien mejor en el mercado. Alguien que
realmente te haga feliz. Búscalo, experimenta, prueba, desecha, total las
relaciones humanas son desechables y pueden ser cambiadas fácilmente. La culpa
es del otro y tú solo debes buscar tu propia satisfacción.
Ahora veamos
cómo se logra la transmisión efectiva de toda esta catequesis. Volvamos al
punto de partida de donde surgió esta reflexión. La confianza. Cuando niños,
nuestros ídolos son nuestros padres, y por ello imitamos, casi calcamos sus
comportamientos.
Copiamos su
lengua, sus gestos, su forma de caminar. Tomamos la escoba con la que barre
nuestra madre, y tomamos un cigarro imaginario en nuestras conversaciones, tomamos
las herramientas de nuestro padre, y queremos hacer lo que él hace. Ellos,
nuestros padres, o quien cuida de nosotros, son nuestros guías, nuestros ídolos,
nuestros héroes, y por eso lo copiamos. Queremos ser como él, pero
fundamentalmente porque sentimos que nos ama, sentimos que para ellos nosotros
somos lo más importante del mundo, y que en esa relación de respeto, de
comunión, esa es la única persona en el mundo a quien queremos imitar.
El contacto
con el medio nos lleva a conocer más personas, pensamientos, y percibimos que
nuestro héroe va perdiendo fuerza. Vemos que podemos elegir, que podemos ser
libres, pero que sobre todo, podemos desarrollar nuestra propia autenticidad.
Nuestro héroe va convirtiéndose en un humano igual a nosotros, igual de
perdido, e igual, en medio de un proceso de aprendizaje. Eso causa miedo,
frustración y a la vez un impulso a ser
nosotros, con las herramientas aprendidas, quienes continuaremos con esa
búsqueda humana antigua de la libertad, el conocimiento de las leyes de la
vida.
Los grandes
pastores de la secta del dinero saben cómo ocurre este proceso. Por eso forman
héroes, personas que representen nuestros más ansiados valores.
La
disciplina, el talento, el alcance de metas, el encuentro de la vocación y el trabajo
constante por desarrollarla, el espíritu de superación, el no rendirse. Valores
estos enclavados en cualquier ser, que son a la vez los valores más básicos
para poder mantenernos vivos.
Entonces
surgen las estrellas de rock, los futbolistas, los grandes hombres de negocios
que aparecen en las revistas económicas. Ellos son nuestros héroes, ellos nos
dirán que gaseosa tomar, qué tenis usar, donde pasaremos nuestras próximas
vacaciones, en qué escuela deben estudiar nuestros hijos para que se encuentren
con otros hijos, se casen, y formen familias que sigan los principios de
catequesis del consumo. Y nosotros, como borregos, como ovejas más fanáticas y
fieles que cualquier secta oscura, los seguimos sin preguntar, sin cuestionar,
sin chistar. Creo que ni siquiera estas
estrellas lo saben, o ni siquiera los managers, es un proceso tan inconsciente,
que me produce un frío en la espalda.
Puedo confesarle que ya fui fiel a esta secta,
y que todas las cosas prometidas fueron cumplidas, excepto una: nada de esto me
hizo completamente feliz. Nada de esto me mejoró como ser humano, o mejoró considerablemente
mis relaciones. Nada de esto me hizo reír sinceramente, o encontrar amistades
profundas. Las cosas fundamentales y esenciales
no tienen precio, y jamás podrán ser compradas ni vendidas en ningún mercado.
Intente ver la esencia de las cosas que lo rodean, y lo verificará por sí
mismo.
