Esta es la historia de dos hombres. Un padre y un hijo
que conocí muy de cerca. El padre, durante los años de la infancia del hijo,
hizo lo que la mayoría de los padres hacen. Le enseñó a pescar, a cazar, a
recoger los frutos de los árboles para después llevarlos al mercado. Le mostró
las técnicas para vender, los secretos de la sonrisa y de los buenos tratos y
las técnicas para el bien hacer. El niño
creció, como cualquier ser vivo, y al ser mayor de edad salió de la casa
paterna a buscar su propio destino. Durante muchos años el joven se preparó aún
más y en los primeros años de su adultez llegó a amasar una gran fortuna.
Pasados algunos años volvió a casa del padre, en donde
se disponía a pasar un tiempo de visita. Ahora, el hijo era mucho más rico y
poderoso de lo que su padre jamás fue, y estoy segura que sin ser muy
consciente de lo que hacía, comenzó a criticar lo que él interpretaba en
ciertos aspectos de la vida diaria, como dejadez de su padre. No podía entender
cómo seguía cocinando sobre ladrillos improvisados el asado de los domingos, o
por qué no cambiaba los azulejos del baño que ya estaban amarillos y fuera de moda, aunque ninguno estuviera roto.
Durante el tiempo que pasaron juntos, varias veces
criticó su carro modelo 1970,
invitándole a comprar un auto moderno y nuevo. Pero el viejo se sentía
feliz con un auto de aquellos que no volvieron a verse en el mercado, con latas
resistentes, y una fuerza difícil de imitar. El carro lo había acompañado
fielmente durante más de cuarenta años. Nunca lo había dejado tirado en una
carretera, y él, año tras año, en recompensa por su fidelidad, le hacía las
reparaciones pertinentes que le garantizaban un funcionamiento apropiado.
Además de eso, lo vi mes a mes recorriendo talleres de la ciudad, consiguiendo
los repuestos improvisados o apropiados para reparar en el carro los estragos
del tiempo, que también caían irremediablemente en su propia piel.
Pero el comentario que llenó la boca, y que hizo que
las palabras saltaran sin contención, fue
cuando el hijo le exigió en tonos de desprecio que cambiara ese viejo
ventilador oxidado y ruidoso que acompañaba la biblioteca hacía cuarenta años.
Tal vez aquella frase salió del alma porque la semana
pasada lo había hecho revisar por un técnico. Estaba recién engrasado, cambiada
una piecita que tenía suelta, y finalmente limpiado cuidadosamente con un
líquido que le daba un brillo hermoso a su vejez bien llevada. Era perfecto, lo
había comprado en Panamá, de aquellas marcas que se las comió la obsolescencia
programada. Entonces allí surgió la
frase. Sin dejarse alterar un segundo, pero como un río que sale suave de una
montaña con entrega, dijo:
“A mí déjame tranquilo con mi mediocridad”
Y entonces me pregunto: ¿Cuál es la mediocridad
de la ballena, que nada feliz en su libertad, siendo lo que es, y sin deseos?
