12 diciembre 2016

La mediocridad de la ballena?

Esta es la historia de dos hombres. Un padre y un hijo que conocí muy de cerca. El padre, durante los años de la infancia del hijo, hizo lo que la mayoría de los padres hacen. Le enseñó a pescar, a cazar, a recoger los frutos de los árboles para después llevarlos al mercado. Le mostró las técnicas para vender, los secretos de la sonrisa y de los buenos tratos y las técnicas para el bien hacer. El  niño creció, como cualquier ser vivo, y al ser mayor de edad salió de la casa paterna a buscar su propio destino. Durante muchos años el joven se preparó aún más y en los primeros años de su adultez llegó a amasar una gran fortuna.


Pasados algunos años volvió a casa del padre, en donde se disponía a pasar un tiempo de visita. Ahora, el hijo era mucho más rico y poderoso de lo que su padre jamás fue, y estoy segura que sin ser muy consciente de lo que hacía, comenzó a criticar lo que él interpretaba en ciertos aspectos de la vida diaria, como dejadez de su padre. No podía entender cómo seguía cocinando sobre ladrillos improvisados el asado de los domingos, o por qué no cambiaba los azulejos del baño que ya estaban amarillos y  fuera de moda, aunque ninguno estuviera roto.

Durante el tiempo que pasaron juntos, varias veces criticó su carro modelo 1970,  invitándole a comprar un auto moderno y nuevo. Pero el viejo se sentía feliz con un auto de aquellos que no volvieron a verse en el mercado, con latas resistentes, y una fuerza difícil de imitar. El carro lo había acompañado fielmente durante más de cuarenta años. Nunca lo había dejado tirado en una carretera, y él, año tras año, en recompensa por su fidelidad, le hacía las reparaciones pertinentes que le garantizaban un funcionamiento apropiado. Además de eso, lo vi mes a mes recorriendo talleres de la ciudad, consiguiendo los repuestos improvisados o apropiados para reparar en el carro los estragos del tiempo, que también caían irremediablemente en su propia piel.

Pero el comentario que llenó la boca, y que hizo que las palabras saltaran sin contención, fue  cuando el hijo le exigió en tonos de desprecio que cambiara ese viejo ventilador oxidado y ruidoso que acompañaba la biblioteca hacía cuarenta años.
Tal vez aquella frase salió del alma porque la semana pasada lo había hecho revisar por un técnico. Estaba recién engrasado, cambiada una piecita que tenía suelta, y finalmente limpiado cuidadosamente con un líquido que le daba un brillo hermoso a su vejez bien llevada. Era perfecto, lo había comprado en Panamá, de aquellas marcas que se las comió la obsolescencia programada.  Entonces allí surgió la frase. Sin dejarse alterar un segundo, pero como un río que sale suave de una montaña con entrega, dijo:
“A mí déjame tranquilo con mi mediocridad”
Y entonces me pregunto: ¿Cuál es la mediocridad de la ballena, que nada feliz en su libertad, siendo lo que es, y sin deseos?

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