14 diciembre 2016

La educación para competir. El olvido de su esencia.

Por considerar fundamental el tema de la exclusión y violencia en la educación, trataré de plantear las reflexiones que me motiva la observación, primero cuando fui alumna, y ahora que soy profesora.


Lo que fundamentalmente recuerdo del colegio, cuando pienso en él, es que siempre existió el objetivo primordial de la nota. Desde el comienzo del curso, los alumnos tenían un solo propósito: pasar el año, y no tener que habilitar ninguna materia. Para los buenos estudiantes era otro: Obtener el primer lugar.  Inconscientemente, esos eran los objetivos principales de los alumnos, y a la vez de los padres de familia. Ahora funciona igual. Los profesores, y el sistema directivo del colegio, se encargan  entonces de transmitir el material y de generar los métodos y mediciones para ir informando a los padres y a los alumnos el avance con respecto al cumplimiento de estas metas. Eso es realmente lo que pasa cada período. Por medio de un boletín de calificaciones, se le pasa un informe (gerencial) a cada uno de los padres y alumnos, indicando los puntos en rojo, las quiebras, las debilidades en el cumplimiento de los objetivos de pasar el año. Como si el conocimiento de algo fuera finito. Como si el proceso de aprender cualquier cosa tuviera un principio y un fin posible. Cuando aprendemos algo, lo hacemos a ritmos distintos, de acuerdo con la necesidad de uso, el interés o el gusto. El conocimiento es infinito, va construyéndose, transformándose, perdiéndose y consolidando.

No puede ser sometido a la parcialidad de la nota de una previa, o de un bimestre, porque no es así que aplica en la vida real. Los objetivos alcanzados solo pueden ser una medida valiosa cuando quien aprende está interesado en ese logro, porque lo busca, porque lo necesita, o porque lo quiere.

De lo contrario, será simplemente una búsqueda fría, de un algo externo que lo único que tendrá de retorno en el individuo será una nota en un boletín, que le valdrá la felicitación o el regaño de los padres, tal vez un regalo o no en navidad, y ahí para. Lo oculto es lo que realmente importa. ¿Qué aprendí, que estoy en capacidad de usar, y como profundizaré de aquí en adelante en ese conocimiento?

La nota será consumida por el tiempo, tan rápidamente como cuando al comienzo del siguiente año lectivo, la madre destruya el boletín.  Lo que quedó del proceso, es una cuestión íntima del individuo, son las relaciones que tuvo, la motivación por el aprendizaje de algo, el descubrimiento de su vocación, o de su no agrado por determinadas funciones que por su naturaleza no le gusta realizar.

El proceso es la búsqueda del individuo para hallarse a sí mismo, y al hallarse poder ser útil al todo de la mejor forma posible, y eso es lo que realmente cuenta. Pero volvemos a lo mismo, en la religión del dinero, de lo cuantificable, eso no se cuenta, eso no se mide, eso no existe.

Constantemente en los pasillos se escucha la pregunta de los alumnos al profesor: ¿Pasé? ¿Eso cuantos puntos da? No importa si estoy realmente aprendiendo, lo importante es si voy a pasar, y la nota que alcancé. Aquí se está adiestrando a la sobrevaloración del resultado individual, inevitablemente. La medida es la nota, y el premio es un diez. El objetivo a alcanzar es una nota alta, que haga subir el ego, o  valga la felicitación o regalo de los padres. Tres meses después del examen, difícilmente recordaremos aquellas cosas que no nos interesaron por algo realmente. Pero en el boletín quedó reflejado que aprendimos la materia.

Las notas individuales  nos van volviendo seres individuales, no sociales. No importa lo que esté pasando a nuestro alrededor en el salón. “Yo” soy quien cuento, y los demás compañeros son solo otros competidores. Los que sacan diez miran por encima del hombro a los que sacan mala nota, porque fundamentalmente sienten que el otro no tiene nada que ver con ellos. Entonces el salón de aula se convierte en un lugar de luchas, donde se forman los grupos buenos y los grupos malos, y unos pelean contra los otros. 

Un punto fundamental aquí, es tratar el tema de los “buenos” colegios, y los “malos” colegios. Los primeros, han ganado ese calificativo por varias razones generales: 1. En la mayoría de los casos, el costo. Sé que al respecto, en algunos colegios de la Argentina, la educación pública puede llegar a tener mejor calidad que la privada, pero esto es una contada excepción al resto de nuestros países. Nótese que mi reflexión está siendo abocada al sistema educativo que conozco, y es el de los países latinoamericanos. 2. La disciplina. Los buenos colegios están marcados por una estricta y rigurosa disciplina. El alumno es un ser obediente, que se sienta en absoluto silencio a escuchar a su profesor, que no se mueve de su silla durante los cincuenta minutos de cada clase, que no habla con sus compañeros, que obedece todo lo que indique el profesor y que sigue la materia, participa y no hace desorden, no cuestiona más allá de lo debido.

Ese es el alumno que saca diez en disciplina y en conducta. Alumnos así jamás serán expulsados de los “Buenos” colegios. El mecanismo para lograrlo: la amenaza y el premio o castigo. En un acuerdo tácito, los alumnos de los buenos colegios saben que si no cumplen con estas condiciones, ellos recibirán primero llamados de atención por parte de los profesores, pero luego, si continúa, ellos serán llamados a la coordinación y luego a la rectoría, y en última instancia, serán convocados los padres de familia, quienes se encargarán de usar métodos de castigo: en mis tiempos, no ver televisión, no salir con los amigos, no hablar por teléfono. En los tiempos modernos no usar el computador y no tener la compra del I-pod prometido para la navidad. 3. La calidad y exigencia en los contenidos transmitidos: los colegios buenos se caracterizan por preparar bien al alumno, con las herramientas que necesita para pasar las pruebas de ingreso a las universidades. En el caso de las universidades, las buenas, preparan para que el alumno pueda conseguir en teoría, un buen cargo en el mercado laboral. Por lo tanto, se amplía el uso de recursos, de espacios, ambientes, y la enseñanza de  idiomas o tecnologías que no se entregan en los colegios catalogados como “malos”.

Muy bien, nos encontramos ante este horizonte. Un grupo de individuos van para los colegios buenos, un grupo de individuos van para los colegios malos.  ¿No es esto un acto de exclusión social? Los sistemas educativos dividen a los individuos, no por grados o niveles de conocimiento, sino por escalas sociales o comportamentales, y eso genera violencia. En un curso dado no están los alumnos que estén aptos para el nivel de conocimiento transmitido, o los que tienen anhelo de aprender por su vocación, sino los que pagan por estar allí, o a los que les toca por obligación curricular, obligados por sus padres, o por el sistema educativo y social. Esto hace que la transmisión de conocimiento sea, aburrida para unos cuyo nivel es mayor, incomprensible para aquel cuyo nivel de conocimiento o comprensión es menor,  e insoportable para aquel a quien no le interesa. ¿Usted considera esto un ambiente propicio para enseñar, o para aprender?

Bajo este panorama, en el colegio “bueno” están los alumnos que, por un lado, pueden pagar, pero que además tienen padres lo suficientemente castigadores, que puedan generar un miedo a tener malos comportamientos en la sala de aula, o tan “motivadores” que logren que el niño se comporte bien solamente porque está pensando en su I-pod en navidad.

El niño sabe que está siendo observado, y que su maestra correrá a reportar cualquier comportamiento que impida alcanzar su juguete. El resultado, alumnos disciplinados, bien sentaditos y juiciosos haciendo lo que la maestra diga, porque de lo contrario recibirá una tunda, o un castigo. Los sistemas educativos modernos basan sus métodos en la recompensa y el castigo: la nota, o los regalos a fin de año. El aprendizaje está condicionado a una recompensa externa, no a la recompensa intrínseca que tiene la educación. El individuo no puede ver bajo este esquema, que el hecho de aprender es un premio en sí mismo, sino que busca una satisfacción externa que lo motive, y esa satisfacción externa se convierte en más importante que el contenido que está aprendiendo. ¿No se le hace demasiado parecido al empleado que se sienta juicioso ocho horas del día en la oficina, y obedece al jefe sin chistar, porque sabe que de lo contrario será reportado a la presidencia, y posteriormente despedido? Luego, no tendrá el premio del fin  de mes. ¿Cruel? Al niño se le está prohibiendo inconscientemente manifestar sus intereses, sus comodidades, sus preferencias, no se le está permitiendo expresar el modo en el que se relaciona con sus compañeros, los conflictos que tiene sin resolver (que TODOS los tenemos, aunque los hayamos aprendido a esconder para poder ganarnos el I-pod o el sueldo a fin de mes, y a eso le llaman algunos sabios inteligencia emocional). Al niño, y luego al adulto, se nos enseña a disimular y esconder nuestros problemas, a maquillarlos, a sonreír, no a resolver.

¿Y qué papel juega entonces aquí el profesor? Este es otro punto que veo como fundamental generador de violencia. Lo que está inmerso en el inconsciente colectivo, y que he escuchado en varios ámbitos de la educación, tanto pública como privada, es que “El profesor es quien manda en la sala de aula”. Bajo este concepto, que es una fuerte imposición cultural, no se puede dar otra cosa que una relación de poder, de tiranía, de mando, y de obediencia. La obediencia es más fácil de lograr que el respeto, y como es más fácil, y más rápida y efectiva, es lo que se implanta inconscientemente cuando se empieza un proceso de aprendizaje. Bajo este espectro, los alumnos obedecen, no necesariamente respetan. El respeto de dos individuos es algo que se gana con el tiempo, el conocimiento mutuo y el amor que se despierta. Pero en los colegios, en las universidades, en todos los sitios en donde es necesario avanzar rápido para lograr objetivos, no hay tiempo para esto. Porque lo importante es lograr el objetivo de terminar el libro, el objetivo de lograr un máximo de 100 en el boletín, un cuaderno lleno. Mientras sean esos los objetivos, jamás podremos ver que lo que realmente importa es que en un salón de clases están un grupo de personas construyendo conocimiento y sociedad, relacionándose, aprendiendo técnicas y herramientas que permitan construir un mundo mejor. Eso es lo que es realmente importante. El profesor que es un guía en este proceso, es solamente uno más, y tan igual a los otros, por eso, un simple y sencillo ser humano en construcción. El alumno también le está enseñando, muestra todas sus debilidades, su visión del mundo, lo que quiere y piensa, las relaciones. Pero el profesor que manda en clase, y que tiene como único objetivo terminar el libro y alcanzar buenas notas para los alumnos, no podrá tener tiempo de aprender nada del alumno, de relacionarse con él.

El profesor tiene una amplia responsabilidad, porque el alumno confía en él. De alguna manera, por esa misma confianza que deposita en sus padres, el alumno idealiza a su maestro y quiere imitarlo. Pero el maestro le irá dando sus propias alas, y le irá mostrando que puede hacerlo por sí mismo. Si el profesor le enseña una relación de obediencia, inconscientemente el alumno aprenderá eso, y luego aprenderá a mandar, y a obedecer a otros, no a relacionarse profundamente y con respeto. Esto vuelve a ser una responsabilidad individual, más allá que cualquier sistema educativo que se imponga.

Bien, volvamos al panorama de la sala de aula de un colegio “bueno”. El escenario: cuarenta niños sentaditos y juiciosos, copiando lo que la profesora dice. De repente, aparece un niño al que no le importan esas cosas, y que se revela. El niño quiere su libertad, es inquieto, pregunta, se cansa siete horas sentado, se siente coartado y preso, quiere experimentar, investigar, quiere participar en el proceso de creación y búsqueda de conocimiento. Solo que no sabe expresarlo de la mejor forma. Entonces tira papelitos al compañero del frente, le manda un pedazo de borrador a la profesora cuando ella está de espalda. Toca con sus pies el piso, que para él es una inmensa batería. Mira por la ventana, y sueña. Pero la profesora lo descubre. Es un revolucionario, y esta escuela no lo permitirá. Entonces el niño es castigado. Le quitan su I-pod y al niño le importa un pepino, él no se deja manipular.  La profesora lo grita, le dice que es un irrespetuoso. Lo que nadie se da cuenta, es que primero él fue irrespetado, al no permitirle ser parte del proceso, al limitarlo y condenarlo a ser simplemente un espectador. Entonces sí, irrespeta, y lo hace de los peores modos, hasta que es expulsado, y consecuentemente ¿a dónde va a parar? Adivinó, al colegio malo.

Entonces, encontrémonos con el panorama del colegio malo, o de los colegios públicos de nuestras ciudades, en donde van por obligación alumnos que pertenecen a sectores de menos ingresos, en donde por lógica, las características que hicieron que los otros sean buenos, aquí son las mismas pero a la inversa. Bajo costo, poca o nula exigencia en la disciplina, y por consecuencia muy bajos niveles de calidad en la transmisión de conocimiento. ¿Quiénes están aquí? Los alumnos cuyos padres no pueden pagar un colegio “bueno”. Los alumnos que vienen expulsados de los colegios “buenos” por mal comportamiento, y los profesores que les corresponden. El escenario. Un grupo de muchachos perdidos y sin disciplina, con ganas de hacer algo con sus vidas, pero sin un norte claro. En la mayoría de los casos, provienen de familias que están viniéndose abajo moral y económicamente. Padres viciosos, mujeres u hombres padres solteros, parejas que no se preocupan lo suficiente por sus hijos, y que por lo tanto no son partícipes de su formación como personas. Claro, este tipo de panoramas de realidades de los alumnos también se encuentran a granel en los colegios “buenos” solo que allí existe de alguna manera un mayor control por parte de los padres, quienes les cobran a sus hijos un mínimo de comportamiento en el colegio o de lo contrario vendrá determinado castigo.

Pero en general, en los colegios “malos”, los padres no cobran de sus hijos el respeto a la autoridad, y entonces allí el profesor grita, se esfuerza, intenta amenazar. Pero es imposible, el niño nunca aprendió a respetar, porque fundamentalmente nunca fue respetado. Ve al profesor como un tirano más, como un eslabón de una serie de cadenas que lo hacen sufrir. El colegio es para distraerse un poco, para volverle imposible la vida a sus compañeros y a su profesor  y así divertirse un rato, ya que afuera es él a quien todo el sistema le vuelve la vida imposible. ¿No cree que sea así? Esté en un colegio público o a un colegio “malo” durante un día, y lo verificará por sus propios ojos. Y el profesor, después de intentarlo con amenazas, dádivas, o cualquier otro artificio, se cansa, se agota, su cara se vuelve rígida para que por lo menos los alumnos le tengan un poquito de miedo, y él mismo protegerse ante la amenaza que es entrar a la sala de aula. ¿Desgastante, no? Y aquellos que realmente quieren aprender, tienen que pasar de largo, conformándose con las migajas de un conocimiento externo y poco útil.

Entonces tenemos dos claros bandos: los malos y los buenos. En la sala de aula, en el colegio, en la universidad, en el mundo laboral, en la región, en el país, en el continente, en el mundo. Los malos son excluidos, rechazados, hay que mandarlos al siquiatra,  a trabajar como esclavos, o en el peor de los casos a la droga, al alcohol, o a la prisión. Todo nuestro sistema está orientado, desde el comienzo, a la exclusión, y es inevitable que un individuo que se siente excluido  no reaccione violentamente, aunque gracias al cielo hay contadas excepciones. En general, el que es sometido a la esclavitud, -entiéndase ésta como ir a desarrollar un oficio simplemente por ganar unos pesos, porque no se tiene otra salida, así el individuo sienta que tiene vocación para otra cosa- reacciona con comportamientos de mala cara, tedio, resentimiento, y violencia, es inevitable. 

Y de nuevo, así como en el salón de aula están separados los buenos y los malos, en la niñez y en la adolescencia, las personas de colegios buenos están separadas totalmente de las personas de colegios malos. Son dos esferas que se ven pero no se tocan, saben de la existencia de los otros porque los ven detrás de un vidrio que los protege. No tienen como tocarse, es imposible. Asisten a lugares distintos, viven en edificios lejanos y se transportan por diferentes medios. En las vacaciones están en diferentes espacios, y jamás conocerán sus nombres. Lo que no conocemos no lo podemos valorar. Y ahí vemos dos masas de individuos que crecieron mirándose detrás de un vidrio, cruzando sus ojos rápidamente, intentando ignorar esa  incomprensión que los marca. Castas, estratificación social, nuestra sociedad no ha avanzado un ápice hacia la igualdad, por más que los gobiernos aseguren que somos sociedades libres, democráticas e igualitarias. Son solo slogans para ganar las elecciones.

Esos jóvenes que se educaron en los colegios “malos”, y que viven en barrios “malos”, no conocen en profundidad a los jóvenes que se educaron en los colegios “buenos”, y que viven en barrios “buenos”. Divididos por estratos, por esferas sociales, jamás podremos encontrar una verdadera civilización humana. Mientras tratemos a otros seres humanos como inferiores o superiores, estamos condenados a la separación y a la exclusión y eso lo único que genera en el individuo son dos cosas posibles: o una codicia y obsesión desenfrenada por pasar a pertenecer a esferas “buenas”, orientando toda su capacidad de acción a un desarrollo individualista de sus actitudes, o dos, una marginalidad impuesta, una parálisis en el individuo, o una violencia contra esa exclusión.

¿Pero y entonces, en una sociedad igualitaria, todos deberíamos ser iguales? No, es lógico. Nuestras funcionalidades como individuos son claramente diferentes. Es decir, no todos somos buenos en labores intelectuales, como tampoco todos somos buenos en labores artísticas. Existen los que son excelentes en el desarrollo de cosas repetitivas, y algunos otros que son minuciosos y detallistas, y no soportan la repetición. Cada ser humano tiene una funcionalidad intrínseca que busca ser desarrollada. El tema que he analizado hasta aquí, es que cuando esa funcionalidad la desarrollo con un espíritu individualista y competidor, esa funcionalidad se refleja en una aplicación que me separa o me excluye del medio, de las demás personas que son mis iguales, mis próximos, solo que con funcionalidades diferentes, pero de los cuales necesito tanto como ellos necesitan de mí. Es la mirada egoísta y vanidosa la que me vuelve un individuo encerrado en mí mismo, no la funcionalidad. El desarrollo de la función del individuo en las etnias vivas de nuestra sociedad, está abocado a un aporte social, donde todos se conocen y están trabajando para un sentido común, para una obra y preservación social que los hace actuar como una unidad. En nuestro sistema son individuos funcionales que cada cual trabaja para un sentido propio, aportando al dios consumo su ofrenda diaria, y olvidándose de sus otros próximos. Sólo lo mejor para mí, la sociedad que me rodea puede venirse abajo, desde que yo tenga lo mejor para mí, es suficiente, a mí no me importa lo que pase alrededor, ese no es problema mío, yo voy hacia mi meta con las dos o tres personas que me acompañan y el resto de planeta, de todos los seres, humanos o no humanos,  que se jodan, que trabajen como yo si quieren avanzar.  ¿Cuánto tiempo va a durar un sistema así? Sinceramente.

Y entonces…Sólo me queda preguntarme varias cosas ¿Dónde quedó aquí, bajo este panorama, el descubrimiento de la vocación del individuo y su inmersión al mundo del trabajo a partir de una funcionalidad clara de su labor dentro de la cadena social? Conozco muchas, demasiadas personas que soñaban con ser artistas, odontólogas, profesores, fotógrafos, voluntarios, pero esas cosas no dan plata, entonces terminan entrando a un  sistema en donde la funcionalidad del individuo está priorizada por el valor que tenga su vocación, antes de por la funcionalidad. “Te vas a morir de hambre” es lo que escuchamos que en general se le dice a los que tienen vocaciones como estas, que parecen totalmente extrañas. ¿Dónde quedó el conocimiento y valoración de los compañeros, de las relaciones? ¿Se nos ha enseñado, o enseñamos, que la nota que ganamos no es lo importante, sino que lo importante es el conocimiento o habilidad que aprendemos, y la utilidad que le demos después en la construcción de una sociedad para todos? ¿Se nos  ha enseñado, o enseñamos que los que sean “buenos” en algo, son los que tienen la mayor responsabilidad de enseñarle a los “malos” como hacer mejor las cosas? Porque en realidad, el sistema nos enseña lo contrario, nos enseña que la nota es lo importante, pero que lo más importante es el I-pod que voy a recibir, y que tanto lo uno (la nota), como el I-pod, serán solamente para nuestro propio beneficio.

¿Alguna vez hemos sentido la magia que es el compartir un conocimiento, y la felicidad que esto genera en el otro, cuando realmente le llega? Intento hacerle ver a los alumnos que cuando no permiten hacer clase, no me están irrespetando a mí, sino al grupo, a los compañeros que realmente quieren saber algo. Me sorprende ver, como ahora son ellos mismos quienes le piden silencio a sus propios compañeros, porque percibieron que somos un grupo, y que todos merecemos el respeto por nuestra función. Me sorprende ver que los alumnos que son buenos, y tienen la posibilidad de explicarle a los otros que no lo son tanto, quedan en un estado de felicidad cuando tienen la oportunidad de compartir su conocimiento, así como el que logró aprender o entender algo que no sabía. Porque la nota no es el principal valor, o el I-pod, o el sueldo de cada mes. El principal valor es el aprendizaje, la obra realizada, el trabajo en equipo, la solidaridad, el encontrar nuestros defectos reflejados en el otro, y poder ser capaces de, en ese descubrimiento, transformar algo en nosotros mismos, para lograr la unidad del organismo al que pertenecemos. Porque a la hora del té, lo que verdaderamente queda son las relaciones que tejimos, los buenos y malos momentos, las tensiones, las distenciones, las cosas que construimos juntos. Los I-pod pasan de moda, se dañan, se los come el tiempo. Las relaciones no, las relaciones son huellas que permanecen, y son ellas las que hacen posible la supervivencia de un organismo social, eso lo tienen muy claro las culturas antiguas.

Pero bajo el sistema de competencia que se genera en todos los ámbitos de nuestra sociedad, desde la familia, el colegio, las empresas, donde el valor cultural que se le inculca al individuo es el de una competencia permanente para poder sobrevivir, nunca podremos esperar una sociedad en paz. La competencia sólo genera envidia y frustración, en cualquier nivel. Alguna vez conocí a un empresario que había amasado una gran fortuna, y me dijo que muchas veces, comparado con algunos magnates cercanos que conocía, había continuado sintiéndose muy pobre, ya que no tenía acceso a determinados lugares o lujos de ese grupo de personas, que se habían convertido en su nuevo objeto de deseo. Nunca será suficiente para la codicia. Siempre habrá alguien más con quien compararnos, y de esta forma, la paz del alma no será posible,  y nuestras relaciones no serán otra cosa que la búsqueda de inclusión en esas esferas a las cuales no tenemos acceso. Tenderemos a intentar por todos los medios a imitar los modelos de vida de nuestros nuevos ídolos: su ropa, su hablado, los lugares que frecuentan, los sitios que van de vacaciones, y para lograrlo haremos cualquier cosa, así nos cueste el trabajo esclavo de quien sea, o romper con amistades o personas a quienes les importamos más allá de esos agregados económicos.

Entonces, el sistema educativo de alguna manera, promueve esa búsqueda, ya que los llamados colegios “buenos” son codiciados por los padres, como mecanismo de generar buenas relaciones y buenos ejemplos para imitar, personas importantes y contactos. Crear una especie de burbuja, un gueto para evitar que los individuos que reciban ese tipo de educación, se puedan “contagiar” de los individuos de los colegios  barrios, o esferas “malas”.

Pero claro, este tipo de exclusión no comenzó ahora. Es bastante antiguo, y existe en muchas sociedades humanas conocidas, bajo el concepto de castas, o estratificación social. Lo que marca realmente la diferencia son los individuos. No cabe duda que las diferentes civilizaciones, antiguas y modernas, han tenido buenos y malos gobernantes. Reyes despóticos y reyes dadivosos y carismáticos. Presidentes honestos e interesados por la sociedad en general, y presidentes tiranos, que han impuesto a las malas su pensamiento. Recorremos las masacres que tuvieron que vivir estos pueblos para traer “civilización” en las conquistas española, inglesa y portuguesa. Recorremos la historia de masas de campesinos excluidos del campo por terratenientes. Nos sorprende ver que hace apenas un poco más de un siglo, un presidente en Argentina arrasó con las poblaciones indígenas, ya que las consideraba un atraso para el desarrollo. ¿Será que todos estos panoramas de dominación cambiaron en las sociedades modernas?

Si doy un vistazo a los últimos tiempos, que son los que conozco, puedo ver claramente que no. Los nombres o sistemas han cambiado, tal vez también las fronteras en donde los tiranos gobiernan. Pero en el fondo, bien en el fondo, el comportamiento  humano se sigue manifestando. Entonces se trata más bien de una condición individual, algunos llamarán de espíritu, otros de conciencia, algunos de sentido común, y otros de no sé qué. Pero en síntesis, nos demuestra que las buenas personas, han sido buenas ellas. No porque el sistema externo les haga bien, o les haga mal. Esas personas, esos líderes en grande o en pequeña escala, han sido personas que emanan un algo que contagia, y que viene de su interior, no de la sociedad a la que pertenecen. Estos individuos en general han sido conscientes de lo que es la exclusión, y luego se han dedicado  a  ejercitarse a sí mismos en el arte de tratar a todos por igual, independientemente de la diferente funcionalidad natural  que todos tenemos. Y eso se contagia. Como la risa, o como la guerra. Y entonces de repente se han formado grandes grupos de gente que comienzan a reaccionar de un modo distinto a cómo reacciona normalmente la naturaleza egoísta humana, en la que nos justificamos para racionalizar nuestras bajezas. Vuelvo a ver un punto fundamental. El problema de la exclusión sólo se cura por acciones individuales, que contagian. La lucha es con nuestro propio egoísmo, no con el vecino.


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