Por considerar fundamental el
tema de la exclusión y violencia en la educación, trataré de plantear las
reflexiones que me motiva la observación, primero cuando fui alumna, y ahora
que soy profesora.
Lo que fundamentalmente recuerdo del colegio,
cuando pienso en él, es que siempre existió el objetivo primordial de la nota.
Desde el comienzo del curso, los alumnos tenían un solo propósito: pasar el
año, y no tener que habilitar ninguna materia. Para los buenos estudiantes era
otro: Obtener el primer lugar. Inconscientemente, esos eran los objetivos
principales de los alumnos, y a la vez de los padres de familia. Ahora funciona
igual. Los profesores, y el sistema directivo del colegio, se encargan entonces de transmitir el material y de
generar los métodos y mediciones para ir informando a los padres y a los
alumnos el avance con respecto al cumplimiento de estas metas. Eso es realmente
lo que pasa cada período. Por medio de un boletín de calificaciones, se le pasa
un informe (gerencial) a cada uno de los padres y alumnos, indicando los puntos
en rojo, las quiebras, las debilidades en el cumplimiento de los objetivos de
pasar el año. Como si el conocimiento de algo fuera finito. Como si el proceso
de aprender cualquier cosa tuviera un principio y un fin posible. Cuando
aprendemos algo, lo hacemos a ritmos distintos, de acuerdo con la necesidad de
uso, el interés o el gusto. El conocimiento es infinito, va construyéndose,
transformándose, perdiéndose y consolidando.
No puede ser sometido a la parcialidad de la
nota de una previa, o de un bimestre, porque no es así que aplica en la vida
real. Los objetivos alcanzados solo pueden ser una medida valiosa cuando quien
aprende está interesado en ese logro, porque lo busca, porque lo necesita, o
porque lo quiere.
De lo contrario, será simplemente una búsqueda
fría, de un algo externo que lo único que tendrá de retorno en el individuo
será una nota en un boletín, que le valdrá la felicitación o el regaño de los
padres, tal vez un regalo o no en navidad, y ahí para. Lo oculto es lo que
realmente importa. ¿Qué aprendí, que estoy en capacidad de usar, y como
profundizaré de aquí en adelante en ese conocimiento?
La nota será consumida por el tiempo, tan
rápidamente como cuando al comienzo del siguiente año lectivo, la madre
destruya el boletín. Lo que quedó del
proceso, es una cuestión íntima del individuo, son las relaciones que tuvo, la
motivación por el aprendizaje de algo, el descubrimiento de su vocación, o de
su no agrado por determinadas funciones que por su naturaleza no le gusta
realizar.
El proceso es la búsqueda del individuo para
hallarse a sí mismo, y al hallarse poder ser útil al todo de la mejor forma
posible, y eso es lo que realmente cuenta. Pero volvemos a lo mismo, en la
religión del dinero, de lo cuantificable, eso no se cuenta, eso no se mide, eso
no existe.
Constantemente en los pasillos se escucha la
pregunta de los alumnos al profesor: ¿Pasé? ¿Eso cuantos puntos da? No importa
si estoy realmente aprendiendo, lo importante es si voy a pasar, y la nota que
alcancé. Aquí se está adiestrando a la sobrevaloración del resultado
individual, inevitablemente. La medida es la nota, y el premio es un diez. El
objetivo a alcanzar es una nota alta, que haga subir el ego, o valga la felicitación o regalo de los padres.
Tres meses después del examen, difícilmente recordaremos aquellas cosas que no
nos interesaron por algo realmente. Pero en el boletín quedó reflejado que
aprendimos la materia.
Las notas individuales nos van volviendo seres individuales, no
sociales. No importa lo que esté pasando a nuestro alrededor en el salón. “Yo”
soy quien cuento, y los demás compañeros son solo otros competidores. Los que
sacan diez miran por encima del hombro a los que sacan mala nota, porque
fundamentalmente sienten que el otro no tiene nada que ver con ellos. Entonces
el salón de aula se convierte en un lugar de luchas, donde se forman los grupos
buenos y los grupos malos, y unos pelean contra los otros.
Un punto fundamental aquí, es tratar el tema de
los “buenos” colegios, y los “malos” colegios. Los primeros, han ganado ese
calificativo por varias razones generales: 1. En la mayoría de los casos, el
costo. Sé que al respecto, en algunos colegios de la Argentina, la educación pública puede llegar a tener mejor
calidad que la privada, pero esto es una contada excepción al resto de nuestros
países. Nótese que mi reflexión está siendo abocada al sistema educativo que
conozco, y es el de los países latinoamericanos. 2. La disciplina. Los buenos
colegios están marcados por una estricta y rigurosa disciplina. El alumno es un
ser obediente, que se sienta en absoluto silencio a escuchar a su profesor, que
no se mueve de su silla durante los cincuenta minutos de cada clase, que no
habla con sus compañeros, que obedece todo lo que indique el profesor y que
sigue la materia, participa y no hace desorden, no cuestiona más allá de lo
debido.
Ese es el
alumno que saca diez en disciplina y en conducta. Alumnos así jamás serán expulsados
de los “Buenos” colegios. El mecanismo para lograrlo: la amenaza y el premio o castigo.
En un acuerdo tácito, los alumnos de los buenos colegios saben que si no
cumplen con estas condiciones, ellos recibirán primero llamados de atención por
parte de los profesores, pero luego, si continúa, ellos serán llamados a la coordinación
y luego a la rectoría, y en última instancia, serán convocados los padres de
familia, quienes se encargarán de usar métodos de castigo: en mis tiempos, no
ver televisión, no salir con los amigos, no hablar por teléfono. En los tiempos
modernos no usar el computador y no tener la compra del I-pod prometido para la
navidad. 3. La calidad y exigencia en los contenidos transmitidos: los colegios
buenos se caracterizan por preparar bien al alumno, con las herramientas que
necesita para pasar las pruebas de ingreso a las universidades. En el caso de
las universidades, las buenas, preparan para que el alumno pueda conseguir en
teoría, un buen cargo en el mercado laboral. Por lo tanto, se amplía el uso de
recursos, de espacios, ambientes, y la enseñanza de idiomas o tecnologías que no se entregan en
los colegios catalogados como “malos”.
Muy bien,
nos encontramos ante este horizonte. Un grupo de individuos van para los
colegios buenos, un grupo de individuos van para los colegios malos. ¿No es esto un acto de exclusión social? Los
sistemas educativos dividen a los individuos, no por grados o niveles de
conocimiento, sino por escalas sociales o comportamentales, y eso genera
violencia. En un curso dado no están los alumnos que estén aptos para el nivel
de conocimiento transmitido, o los que tienen anhelo de aprender por su
vocación, sino los que pagan por estar allí, o a los que les toca por
obligación curricular, obligados por sus padres, o por el sistema educativo y
social. Esto hace que la transmisión de conocimiento sea, aburrida para unos
cuyo nivel es mayor, incomprensible para aquel cuyo nivel de conocimiento o
comprensión es menor, e insoportable
para aquel a quien no le interesa. ¿Usted considera esto un ambiente propicio
para enseñar, o para aprender?
Bajo este
panorama, en el colegio “bueno” están los alumnos que, por un lado, pueden
pagar, pero que además tienen padres lo suficientemente castigadores, que
puedan generar un miedo a tener malos comportamientos en la sala de aula, o tan
“motivadores” que logren que el niño se comporte bien solamente porque está
pensando en su I-pod en navidad.
El niño sabe
que está siendo observado, y que su maestra correrá a reportar cualquier
comportamiento que impida alcanzar su juguete. El resultado, alumnos
disciplinados, bien sentaditos y juiciosos haciendo lo que la maestra diga,
porque de lo contrario recibirá una tunda, o un castigo. Los sistemas
educativos modernos basan sus métodos en la recompensa y el castigo: la nota, o
los regalos a fin de año. El aprendizaje está condicionado a una recompensa
externa, no a la recompensa intrínseca que tiene la educación. El individuo no
puede ver bajo este esquema, que el hecho de aprender es un premio en sí mismo,
sino que busca una satisfacción externa que lo motive, y esa satisfacción
externa se convierte en más importante que el contenido que está aprendiendo. ¿No
se le hace demasiado parecido al empleado que se sienta juicioso ocho horas del
día en la oficina, y obedece al jefe sin chistar, porque sabe que de lo
contrario será reportado a la presidencia, y posteriormente despedido? Luego,
no tendrá el premio del fin de mes. ¿Cruel?
Al niño se le está prohibiendo inconscientemente manifestar sus intereses, sus
comodidades, sus preferencias, no se le está permitiendo expresar el modo en el
que se relaciona con sus compañeros, los conflictos que tiene sin resolver (que
TODOS los tenemos, aunque los hayamos aprendido a esconder para poder ganarnos
el I-pod o el sueldo a fin de mes, y a eso le llaman algunos sabios inteligencia
emocional). Al niño, y luego al adulto, se nos enseña a disimular y esconder
nuestros problemas, a maquillarlos, a sonreír, no a resolver.
¿Y qué papel
juega entonces aquí el profesor? Este es otro punto que veo como fundamental
generador de violencia. Lo que está inmerso en el inconsciente colectivo, y que
he escuchado en varios ámbitos de la educación, tanto pública como privada, es
que “El profesor es quien manda en la sala de aula”. Bajo este concepto, que es
una fuerte imposición cultural, no se puede dar otra cosa que una relación de
poder, de tiranía, de mando, y de obediencia. La obediencia es más fácil de
lograr que el respeto, y como es más fácil, y más rápida y efectiva, es lo que
se implanta inconscientemente cuando se empieza un proceso de aprendizaje. Bajo
este espectro, los alumnos obedecen, no necesariamente respetan. El respeto de
dos individuos es algo que se gana con el tiempo, el conocimiento mutuo y el
amor que se despierta. Pero en los colegios, en las universidades, en todos los
sitios en donde es necesario avanzar rápido para lograr objetivos, no hay tiempo
para esto. Porque lo importante es lograr el objetivo de terminar el libro, el
objetivo de lograr un máximo de 100 en el boletín, un cuaderno lleno. Mientras
sean esos los objetivos, jamás podremos ver que lo que realmente importa es que
en un salón de clases están un grupo de personas construyendo conocimiento y
sociedad, relacionándose, aprendiendo técnicas y herramientas que permitan
construir un mundo mejor. Eso es lo que es realmente importante. El profesor
que es un guía en este proceso, es solamente uno más, y tan igual a los otros,
por eso, un simple y sencillo ser humano en construcción. El alumno también le
está enseñando, muestra todas sus debilidades, su visión del mundo, lo que
quiere y piensa, las relaciones. Pero el profesor que manda en clase, y que
tiene como único objetivo terminar el libro y alcanzar buenas notas para los
alumnos, no podrá tener tiempo de aprender nada del alumno, de relacionarse con
él.
El profesor
tiene una amplia responsabilidad, porque el alumno confía en él. De alguna
manera, por esa misma confianza que deposita en sus padres, el alumno idealiza
a su maestro y quiere imitarlo. Pero el maestro le irá dando sus propias alas,
y le irá mostrando que puede hacerlo por sí mismo. Si el profesor le enseña una
relación de obediencia, inconscientemente el alumno aprenderá eso, y luego
aprenderá a mandar, y a obedecer a otros, no a relacionarse profundamente y con
respeto. Esto vuelve a ser una responsabilidad individual, más allá que
cualquier sistema educativo que se imponga.
Bien,
volvamos al panorama de la sala de aula de un colegio “bueno”. El escenario:
cuarenta niños sentaditos y juiciosos, copiando lo que la profesora dice. De
repente, aparece un niño al que no le importan esas cosas, y que se revela. El
niño quiere su libertad, es inquieto, pregunta, se cansa siete horas sentado,
se siente coartado y preso, quiere experimentar, investigar, quiere participar
en el proceso de creación y búsqueda de conocimiento. Solo que no sabe
expresarlo de la mejor forma. Entonces tira papelitos al compañero del frente,
le manda un pedazo de borrador a la profesora cuando ella está de espalda. Toca
con sus pies el piso, que para él es una inmensa batería. Mira por la ventana,
y sueña. Pero la profesora lo descubre. Es un revolucionario, y esta escuela no
lo permitirá. Entonces el niño es castigado. Le quitan su I-pod y al niño le
importa un pepino, él no se deja manipular.
La profesora lo grita, le dice que es un irrespetuoso. Lo que nadie se
da cuenta, es que primero él fue irrespetado, al no permitirle ser parte del
proceso, al limitarlo y condenarlo a ser simplemente un espectador. Entonces
sí, irrespeta, y lo hace de los peores modos, hasta que es expulsado, y
consecuentemente ¿a dónde va a parar? Adivinó, al colegio malo.
Entonces,
encontrémonos con el panorama del colegio malo, o de los colegios públicos de
nuestras ciudades, en donde van por obligación alumnos que pertenecen a
sectores de menos ingresos, en donde por lógica, las características que hicieron que
los otros sean buenos, aquí son las mismas pero a la inversa. Bajo costo, poca
o nula exigencia en la disciplina, y por consecuencia muy bajos niveles de
calidad en la transmisión de conocimiento. ¿Quiénes están aquí? Los alumnos
cuyos padres no pueden pagar un colegio “bueno”. Los alumnos que vienen
expulsados de los colegios “buenos” por mal comportamiento, y los profesores
que les corresponden. El escenario. Un grupo de muchachos perdidos y sin
disciplina, con ganas de hacer algo con sus vidas, pero sin un norte claro. En
la mayoría de los casos, provienen de familias que están viniéndose abajo moral
y económicamente. Padres viciosos, mujeres u hombres padres solteros, parejas
que no se preocupan lo suficiente por sus hijos, y que por lo tanto no son
partícipes de su formación como personas. Claro, este tipo de panoramas de
realidades de los alumnos también se encuentran a granel en los colegios
“buenos” solo que allí existe de alguna manera un mayor control por parte de
los padres, quienes les cobran a sus hijos un mínimo de comportamiento en el
colegio o de lo contrario vendrá determinado castigo.
Pero en
general, en los colegios “malos”, los padres no cobran de sus hijos el respeto
a la autoridad, y entonces allí el profesor grita, se esfuerza, intenta
amenazar. Pero es imposible, el niño nunca aprendió a respetar, porque
fundamentalmente nunca fue respetado. Ve al profesor como un tirano más, como
un eslabón de una serie de cadenas que lo hacen sufrir. El colegio es para
distraerse un poco, para volverle imposible la vida a sus compañeros y a su
profesor y así divertirse un rato, ya
que afuera es él a quien todo el sistema le vuelve la vida imposible. ¿No cree
que sea así? Esté en un colegio público o a un colegio “malo” durante un día, y lo
verificará por sus propios ojos. Y el profesor, después de intentarlo con
amenazas, dádivas, o cualquier otro artificio, se cansa, se agota, su cara se
vuelve rígida para que por lo menos los alumnos le tengan un poquito de miedo,
y él mismo protegerse ante la amenaza que es entrar a la sala de aula.
¿Desgastante, no? Y aquellos que realmente quieren aprender, tienen que pasar
de largo, conformándose con las migajas de un conocimiento externo y poco útil.
Entonces
tenemos dos claros bandos: los malos y los buenos. En la sala de aula, en el colegio,
en la universidad, en el mundo laboral, en la región, en el país, en el
continente, en el mundo. Los malos son excluidos, rechazados, hay que mandarlos
al siquiatra, a trabajar como esclavos,
o en el peor de los casos a la droga, al alcohol, o a la prisión. Todo nuestro
sistema está orientado, desde el comienzo, a la exclusión, y es inevitable que
un individuo que se siente excluido no
reaccione violentamente, aunque gracias al cielo hay contadas excepciones. En
general, el que es sometido a la esclavitud, -entiéndase ésta como ir a
desarrollar un oficio simplemente por ganar unos pesos, porque no se tiene otra
salida, así el individuo sienta que tiene vocación para otra cosa- reacciona
con comportamientos de mala cara, tedio, resentimiento, y violencia, es
inevitable.
Y de nuevo,
así como en el salón de aula están separados los buenos y los malos, en la
niñez y en la adolescencia, las personas de colegios buenos están separadas
totalmente de las personas de colegios malos. Son dos esferas que se ven pero
no se tocan, saben de la existencia de los otros porque los ven detrás de un
vidrio que los protege. No tienen como tocarse, es imposible. Asisten a lugares
distintos, viven en edificios lejanos y se transportan por diferentes medios.
En las vacaciones están en diferentes espacios, y jamás conocerán sus nombres.
Lo que no conocemos no lo podemos valorar. Y ahí vemos dos masas de individuos
que crecieron mirándose detrás de un vidrio, cruzando sus ojos rápidamente,
intentando ignorar esa incomprensión que
los marca. Castas, estratificación social, nuestra sociedad no ha avanzado un
ápice hacia la igualdad, por más que los gobiernos aseguren que somos
sociedades libres, democráticas e igualitarias. Son solo slogans para ganar las
elecciones.
Esos jóvenes
que se educaron en los colegios “malos”, y que viven en barrios “malos”, no
conocen en profundidad a los jóvenes que se educaron en los colegios “buenos”,
y que viven en barrios “buenos”. Divididos por estratos, por esferas sociales,
jamás podremos encontrar una verdadera civilización humana. Mientras tratemos a
otros seres humanos como inferiores o superiores, estamos condenados a la
separación y a la exclusión y eso lo único que genera en el individuo son dos
cosas posibles: o una codicia y obsesión desenfrenada por pasar a pertenecer a
esferas “buenas”, orientando toda su capacidad de acción a un desarrollo
individualista de sus actitudes, o dos, una marginalidad impuesta, una
parálisis en el individuo, o una violencia contra esa exclusión.
¿Pero y
entonces, en una sociedad igualitaria, todos deberíamos ser iguales? No, es
lógico. Nuestras funcionalidades como individuos son claramente diferentes. Es
decir, no todos somos buenos en labores intelectuales, como tampoco todos somos
buenos en labores artísticas. Existen los que son excelentes en el desarrollo
de cosas repetitivas, y algunos otros que son minuciosos y detallistas, y no
soportan la repetición. Cada ser humano tiene una funcionalidad intrínseca que
busca ser desarrollada. El tema que he analizado hasta aquí, es que cuando esa
funcionalidad la desarrollo con un espíritu individualista y competidor, esa
funcionalidad se refleja en una aplicación que me separa o me excluye del
medio, de las demás personas que son mis iguales, mis próximos, solo que con
funcionalidades diferentes, pero de los cuales necesito tanto como ellos
necesitan de mí. Es la mirada egoísta y vanidosa la que me vuelve un individuo
encerrado en mí mismo, no la funcionalidad. El desarrollo de la función del
individuo en las etnias vivas de nuestra sociedad, está abocado a un aporte
social, donde todos se conocen y están trabajando para un sentido común, para
una obra y preservación social que los hace actuar como una unidad. En nuestro
sistema son individuos funcionales que cada cual trabaja para un sentido propio,
aportando al dios consumo su ofrenda diaria, y olvidándose de sus otros
próximos. Sólo lo mejor para mí, la sociedad que me rodea puede venirse abajo,
desde que yo tenga lo mejor para mí, es suficiente, a mí no me importa lo que
pase alrededor, ese no es problema mío, yo voy hacia mi meta con las dos o tres
personas que me acompañan y el resto de planeta, de todos los seres, humanos o
no humanos, que se jodan, que trabajen
como yo si quieren avanzar. ¿Cuánto
tiempo va a durar un sistema así? Sinceramente.
Y
entonces…Sólo me queda preguntarme varias cosas ¿Dónde quedó aquí, bajo este
panorama, el descubrimiento de la vocación del individuo y su inmersión al
mundo del trabajo a partir de una funcionalidad clara de su labor dentro de la
cadena social? Conozco muchas, demasiadas personas que soñaban con ser
artistas, odontólogas, profesores, fotógrafos, voluntarios, pero esas cosas no
dan plata, entonces terminan entrando a un
sistema en donde la funcionalidad del individuo está priorizada por el
valor que tenga su vocación, antes de por la funcionalidad. “Te vas a morir de
hambre” es lo que escuchamos que en general se le dice a los que tienen
vocaciones como estas, que parecen totalmente extrañas. ¿Dónde quedó el
conocimiento y valoración de los compañeros, de las relaciones? ¿Se nos ha
enseñado, o enseñamos, que la nota que ganamos no es lo importante, sino que lo
importante es el conocimiento o habilidad que aprendemos, y la utilidad que le
demos después en la construcción de una sociedad para todos? ¿Se nos ha enseñado, o enseñamos que los que sean
“buenos” en algo, son los que tienen la mayor responsabilidad de enseñarle a
los “malos” como hacer mejor las cosas? Porque en realidad, el sistema nos
enseña lo contrario, nos enseña que la nota es lo importante, pero que lo más
importante es el I-pod que voy a recibir, y que tanto lo uno (la nota), como el
I-pod, serán solamente para nuestro propio beneficio.
¿Alguna vez
hemos sentido la magia que es el compartir un conocimiento, y la felicidad que
esto genera en el otro, cuando realmente le llega? Intento hacerle ver a los
alumnos que cuando no permiten hacer clase, no me están irrespetando a mí, sino
al grupo, a los compañeros que realmente quieren saber algo. Me sorprende ver,
como ahora son ellos mismos quienes le piden silencio a sus propios compañeros,
porque percibieron que somos un grupo, y que todos merecemos el respeto por
nuestra función. Me sorprende ver que los alumnos que son buenos, y tienen la
posibilidad de explicarle a los otros que no lo son tanto, quedan en un estado
de felicidad cuando tienen la oportunidad de compartir su conocimiento, así
como el que logró aprender o entender algo que no sabía. Porque la nota no es
el principal valor, o el I-pod, o el sueldo de cada mes. El principal valor es
el aprendizaje, la obra realizada, el trabajo en equipo, la solidaridad, el
encontrar nuestros defectos reflejados en el otro, y poder ser capaces de, en
ese descubrimiento, transformar algo en nosotros mismos, para lograr la unidad
del organismo al que pertenecemos. Porque a la hora del té, lo que
verdaderamente queda son las relaciones que tejimos, los buenos y malos
momentos, las tensiones, las distenciones, las cosas que construimos juntos. Los
I-pod pasan de moda, se dañan, se los come el tiempo. Las relaciones no, las
relaciones son huellas que permanecen, y son ellas las que hacen posible la
supervivencia de un organismo social, eso lo tienen muy claro las culturas
antiguas.
Pero bajo el
sistema de competencia que se genera en todos los ámbitos de nuestra sociedad,
desde la familia, el colegio, las empresas, donde el valor cultural que se le
inculca al individuo es el de una competencia permanente para poder sobrevivir,
nunca podremos esperar una sociedad en paz. La competencia sólo genera envidia
y frustración, en cualquier nivel. Alguna vez conocí a un empresario que había
amasado una gran fortuna, y me dijo que muchas veces, comparado con algunos
magnates cercanos que conocía, había continuado sintiéndose muy pobre, ya que
no tenía acceso a determinados lugares o lujos de ese grupo de personas, que se
habían convertido en su nuevo objeto de deseo. Nunca será suficiente para la
codicia. Siempre habrá alguien más con quien compararnos, y de esta forma, la
paz del alma no será posible, y nuestras
relaciones no serán otra cosa que la búsqueda de inclusión en esas esferas a
las cuales no tenemos acceso. Tenderemos a intentar por todos los medios a
imitar los modelos de vida de nuestros nuevos ídolos: su ropa, su hablado, los
lugares que frecuentan, los sitios que van de vacaciones, y para lograrlo
haremos cualquier cosa, así nos cueste el trabajo esclavo de quien sea, o
romper con amistades o personas a quienes les importamos más allá de esos
agregados económicos.
Entonces, el
sistema educativo de alguna manera, promueve esa búsqueda, ya que los llamados
colegios “buenos” son codiciados por los padres, como mecanismo de generar buenas
relaciones y buenos ejemplos para imitar, personas importantes y contactos.
Crear una especie de burbuja, un gueto para evitar que los individuos que
reciban ese tipo de educación, se puedan “contagiar” de los individuos de los
colegios barrios, o esferas “malas”.
Pero claro,
este tipo de exclusión no comenzó ahora. Es bastante antiguo, y existe en muchas
sociedades humanas conocidas, bajo el concepto de castas, o estratificación
social. Lo que marca realmente la diferencia son los individuos. No cabe duda
que las diferentes civilizaciones, antiguas y modernas, han tenido buenos y
malos gobernantes. Reyes despóticos y reyes dadivosos y carismáticos.
Presidentes honestos e interesados por la sociedad en general, y presidentes tiranos,
que han impuesto a las malas su pensamiento. Recorremos las masacres que
tuvieron que vivir estos pueblos para traer “civilización” en las conquistas
española, inglesa y portuguesa. Recorremos la historia de masas de campesinos
excluidos del campo por terratenientes. Nos sorprende ver que hace apenas un
poco más de un siglo, un presidente en Argentina arrasó con las poblaciones
indígenas, ya que las consideraba un atraso para el desarrollo. ¿Será que todos
estos panoramas de dominación cambiaron en las sociedades modernas?
Si doy un
vistazo a los últimos tiempos, que son los que conozco, puedo ver claramente
que no. Los nombres o sistemas han cambiado, tal vez también las fronteras en
donde los tiranos gobiernan. Pero en el fondo, bien en el fondo, el
comportamiento humano se sigue
manifestando. Entonces se trata más bien de una condición individual, algunos
llamarán de espíritu, otros de conciencia, algunos de sentido común, y otros de
no sé qué. Pero en síntesis, nos demuestra que las buenas personas, han sido
buenas ellas. No porque el sistema externo les haga bien, o les haga mal. Esas
personas, esos líderes en grande o en pequeña escala, han sido personas que
emanan un algo que contagia, y que viene de su interior, no de la sociedad a la
que pertenecen. Estos individuos en general han sido conscientes de lo que es
la exclusión, y luego se han dedicado
a ejercitarse a sí mismos en el
arte de tratar a todos por igual, independientemente de la diferente
funcionalidad natural que todos tenemos.
Y eso se contagia. Como la risa, o como la guerra. Y entonces de repente se han
formado grandes grupos de gente que comienzan a reaccionar de un modo distinto
a cómo reacciona normalmente la naturaleza egoísta humana, en la que nos
justificamos para racionalizar nuestras bajezas. Vuelvo a ver un punto
fundamental. El problema de la exclusión sólo se cura por acciones
individuales, que contagian. La lucha es con nuestro propio egoísmo, no con el
vecino.

