¿Alguna vez se ha sentido rechazado o
discriminado por alguien? No importa cómo o cuando, lo importante, y que me
parece digno de estudio, es ver el movimiento emocional que ello implica.
La primera reacción que he observado las veces
que me he sentido discriminada, es la violencia, la ira, la impotencia. El
momento más evidente, y el que me permite ver con claridad el sentimiento
provocado por la exclusión, es el día en el que recibí el sello de negación de
la visa a España.
Hacía más de siete años que no me veía con mi
hermano mayor, y con mis tres sobrinos, quienes se habían refugiado en dicho
país, huyendo de la violencia cada vez mayor en Colombia. Dos hermanos, que
viven en Rusia hace varios años, me invitaron a pasar un mes con ellos en
Moscú. De regreso, me propusieron quedarme quince días con mi hermano en
Valladolid, para de paso ver a mis sobrinos. En esos momentos vivía en Buenos
Aires, y mis ingresos eran generados por actividades artesanales en cerámica.
No tenía propiedades, ni ingresos fijos, pero sin embargo me presenté a
solicitar la visa, ya que contaba con el respaldo financiero de mis hermanos
para el viaje y la estadía en España.
Dos semanas después fui llamada a mi casa; me
solicitaban que pasara a buscar mi pasaporte, la visa había sido negada. Un
sello en el pasaporte lo indicaba. Mi primer sentimiento fue la ira. Me
contuve, pues quise pedir apelación, y la segunda respuesta fue la misma.
Luego, impotencia, rabia, desprecio por los españoles y sus reyes mirándome en
esa absurda foto colgada al lado de la puerta en donde se pedían las visas.
El motivo de la negación: “desarraigo”. La
mujer que me atendió me dijo que no estaba demostrando ingresos, ni nada que me
atara a Argentina para volver. Me fui de allí con un nudo en la garganta. Me
sentí discriminada, y sentí ganas de violar la frontera para entrar. ¿No es
acaso lo mismo que siente un desplazado? Pero no es la única vez que lo he
sentido. Varias veces, comparando mis zapatos con los del vecino, he podido
captar el sentimiento humano de la exclusión, de la comparación y del sentirse
“menos” que otro. Y también he estado del otro lado, sintiéndome “más” por
tener determinado auto, o determinada casa, o determinada posición social.
El aislamiento del sistema en el que vivimos,
nos hace incomprensibles las funciones sociales, nos aleja en sentimientos de
superioridad e inferioridad constantes, en el que nos ubicamos a través de la
comparación de los bienes materiales que poseemos. Se nos olvidó nuestra
función en el mundo, no sabemos para qué estamos en el engranaje social, y al
desconocerlo, aceptamos cualquier rol a cambio de unas monedas. Luego, nos
comparamos con las monedas del otro, generando frustración y desesperanza, o en
algunos casos, una ansiedad terrible por llenar nuestros bolsillos de la
píldora que promete felicidad social: el dinero. Es justamente ese olvido de
nuestra función social la que nos hace someternos y someter a otros a una
marginalidad impuesta por el valor
económico, por el olvido del valor de cada función social que desempeñamos.
He escuchado a mujeres que siendo heroínas a mi
modo de ver, han abandonado su rol de “mujeres exitosas en empresas”, por
cumplir el sagrado oficio de ser madre. He escuchado el drama que para ellas
implica el sentirse -de alguna manera- observadas por la sociedad como “un
desperdicio laboral”. Son ellas heroínas que han recuperado su función, y no se
han dejado “marginar” como “inútiles”, solo porque no perciben un sueldo
mensual.
¿Cuándo decir BASTA? La sociedad moderna no es
capaz de decir basta, hasta aquí crezco. He llegado al límite de mi capacidad
productiva, dejaré a otros hacer lo que yo no puedo hacer. Pero no, tan pronto
como podemos, nos damos cuenta de que para crecer podemos aprovechar la mano de
obra de gente que está en tremendas dificultades económicas, y en vez de decir:
basta, no crezco más, hasta acá llega el límite de mi producción, entonces
compramos un par de máquinas más, y contratamos a alguien que haga lo que
nuestra capacidad productiva no permite, pagando un sueldo por menor valor del
que nos pagaríamos a nosotros mismos si tuviéramos nosotros que hacerlo.
¿Por qué? ¿Qué tiene de distinto a nosotros el
obrero que realiza la producción de nuestra mercancía? Durante muchos años
trabajé en un banco, y observaba que el cajero se ganaba $160.000 mensuales,
mientras el profesional se ganaba $700.000, el coordinador se ganaba $2.000.000,
el gerente $5.000.000 y el presidente $10.000.000. ¿Por qué? No podemos negar
que el presidente tiene ciertas responsabilidades, pero el cajero también. Si
un cajero se descuadra, tiene que pagar la diferencia con su propio sueldo. Las
horas laboradas son las mismas, y si el cajero no existiera, simplemente la operación
del banco sería imposible. Ah, pero la justificación es que si no le gusta el
sueldo al cajero, detrás hay una fila de 200 personas esperando. ¿Ley de oferta
y demanda?
Sí, nos tratamos como si fuéramos una caja de
jabón en la góndola de un supermercado. Si hay muchas en el mercado y pocos
consumidores, el precio baja. Si hay muchos consumidores, y poco jabón, el
precio sube. Hay pocos que han estudiado lo que estudia el presidente, y por
eso, es un jabón especial, es más fino y apetecido, por lo tanto vale más. Nos
importa un cisco que el cajero tenga que mantener una familia entera, o que
muchas veces recorra la ciudad de un lado para otro, durante dos horas de
tráfico a la mañana y otras dos a la tarde, solo para ganarse un mínimo. Si no
le gusta, váyase, que hay 200 esperando su puesto. Despiadados, no tengo otro
calificativo para la forma en que nos tratamos a nosotros mismos como
“semejantes”.
Este me parece el punto crucial del asunto
económico. ¿Me gustaría a mí, que por trabajar ocho horas al día, me pagaran un
sueldo mínimo? ¿Me sentiría cómodo, agradado con el sueldo, me alcanzaría para
vivir? De hecho lo aceptamos, y hay dos formas de hacerlo. Una con un
resentimiento oculto y una rabia instalada en silencio, y otra, aceptarlo con
el objetivo de ir ascendiendo a escalas superiores para obtener el tan anhelado
sueldo del presidente algún día.
Ahora bien, una vez establezco una producción
de algo, sea lo que sea, supongamos la confección de blusas, y me empieza a ir
bien, aparece la siguiente propuesta por parte de todos los entes que han
alcanzado el “éxito” en la sociedad. Todos te dicen: “compra más máquinas y
contrata a obreros pagándoles el mínimo.
El resto, es decir, el valor real que les
debería pagar a las obreras si fuera yo quien hiciera las blusas, menos el
valor que les pago, es metido a mi cuenta de ahorros, o invertido en comida mucho
más costosa y variada, o gastado en viajes y lujos. Me pregunto: ¿No es esto un
robo? ¿No es un atraco a mano armada a la operaria que podría ser yo misma en
una situación difícil de mi vida? ¿Es que considero a la operaria un ser
inferior a mí? ¿Qué diferencia con la discriminación que realizaban los
españoles contra los “indios” o los esclavos? ¿No estoy coartando la libertad
de la operaria, a cambio de unas monedas de oro que le permiten apenas
sobrevivir?
¿Es muy
difícil darse cuenta, de que lo más seguro es que la operaria, sometida por su
necesidad, jamás pueda salir de esa condición? ¿Cuál es mi responsabilidad como
empresario? Pero no, nos lavamos las manos. Decimos que son las leyes de oferta
y demanda, y que “eso es lo que se le paga a un obrero por estos días”. Nos
montamos en nuestro auto último modelo, y criticamos al gobierno por no hacer
nada por recoger a todos esos “desechables” que en todos los semáforos limpian
los carros, o por esa partida de vendedores ambulantes que afean la ciudad.
Nosotros no, nosotros no tenemos la culpa, son las leyes de oferta y demanda, y
todo está dentro de lo “legal”. ¿Es muy difícil ver nuestra responsabilidad
social en el asunto? Odiamos a las ideologías comunistas, y a la vez le echamos
toda la culpa al gobierno, o a las personas que son víctimas de la
marginalidad, la pobreza, el desespero y la angustia que pulula en las calles
de nuestras ciudades, cuando en nuestras pequeñas acciones cotidianas ignoramos
nuestros propios excesos.
Hemos escuchado siempre que “la unión hace la
fuerza”. Una sociedad en la que nos explotamos los unos a los otros de estas
maneras, solo puede generar resentimiento de unos contra otros, envidia de unos
por llegar a lo que los otros alcanzan, competencia, espíritu individualista.
No hay otra cosa que se pueda dar. Eso nos mantiene cada vez más alejados a los
unos con los otros, desde las familias, en donde los que alcanzan el éxito
empresarial son más reconocidos, aceptados, admirados e importantes, y en donde
quienes no lo alcanzan se sienten y se proyectan como seres inútiles, incapaces
y desadaptados.
Esto genera auto exclusión del individuo, una
separación de sus funciones orgánicas dentro del clan o familia, y una
frustración profunda que en muchos casos conduce a la droga, al alcohol, depresiones,
auto exclusión, al juego, y muchas veces a la misma locura.
Este ejemplo se hace extensible al barrio,
comunidad, ciudad, país, sociedad. La no cooperación de los individuos de una
colectividad, la exclusión, solo puede generar parálisis, frustración y
sensación de vacío en los individuos. No hay nada que nos una, más que las
distracciones del mundo moderno, los bienes materiales del hombre. Varias veces
me ha sorprendido escuchar cuando le pregunto a alguien cómo está, que me responde
de la siguiente manera: “bien, acabo de entrar a trabajar en tal empresa”…Si,
pero cómo estás, tú, como persona. “Bien, compré mi casa, mi auto-…”. O “Mal,
he quedado sin puesto”… La persona se trata a sí misma y mide a los demás, de
acuerdo con la capacidad adquisitiva que tenga.
La violencia social es un indicador de la
insatisfacción humana, una muestra de frustración y desamparo, un signo que
parecemos olvidar o ignorar. ¿Cómo resolverlo? Han pasado tantos filósofos y
héroes tratando de cambiar al mundo, y el mundo parece seguir siendo igual, o
tal vez peor.
La liberación que logró Gandhi ahora es
disfrazada por otro tipo de esclavitud, tal vez peor que la anterior, en donde
inmensas fábricas producen productos a precios irrisorios, a costa de la
esclavitud de cientos de obreros trabajando en condiciones infrahumanas. ¿Qué
esperanza alentadora puede movernos a creer en cambios externos? Muy poca.
Cada vez es más visible que ningún sistema, ni
de derecha ni de izquierda, podrá darnos la felicidad anhelada. Tampoco una
inmensa cantidad de bienes acumulados, o productos internos brutos que van
subiendo en fríos indicadores económicos. Tal vez el problema fundamental del
hombre actual, es que ha hallado un nuevo dios llamado dinero, en el cual pone
todos sus anhelos de vida.
He preguntado a muchas personas sobre su plan
de vida, o sobre qué espera de su vida. Solo dos o tres me han contestado lo
que a mí entender es fundamental: la búsqueda del amor, de la justicia
interior, de la belleza, de la paz y la felicidad. En todos los casos, la
respuesta es: estudiar una carrera, realizar una especialización, viajar a
conocer otras culturas, comprar determinado auto o tener una familia.
Mientras esos sean los objetivos que mueven
nuestras vidas, ese será nuestro centro de gravedad, y su alcance o no alcance,
nos generará una sensación de placer o descontento. En la medida que la envidia
y la comparación de nosotros con respecto a otros de acuerdo a los autos o a
las casas, sea la medida que usamos para medirnos como seres humanos, la cuestión
de la economía será, no un medio para tomar del medio lo que necesitemos, sino
una píldora que nos da una sensación pasajera de bienestar.
