13 diciembre 2016

El campo de refugiados del barrio Galerías.

Hace varios años, una mujer llegó a pasar unos días a la casa de mi madre. Los tiempos eran difíciles, parecía que una guerra acabara de terminar. La sala comedor estaba dispuesta con una mesa de madera resistente, pero acompañada por unas sillas que estaban en sus últimos días de vida, amarradas con elementos de todo tipo para evitar que se vinieran abajo si alguien se sentaba.


Los sofás de la sala, hechos de bambú, habían perdido en su mayoría los hilos de uniones, y los cojines estaban descoloridos por el uso y desgaste normal de cinco jóvenes  saltando, acostándose, y sentándose en ellos durante 10 años. Los techos eran de madera, y daba la sensación de que, literalmente, en cualquier momento se vendrían abajo.

Vivíamos allí 5 personas, en un espacio de 40 m2 distribuidos en un pequeño salón comedor, una cocina de muñecas, un patio de juguete, un baño y dos habitaciones diminutas. La mujer que llegó, cuyo nombre para el caso es lo de menos, era algún pariente de mi cuñada, quien había tenido que viajar a Bogotá por razones que tampoco vienen a cuento.

Mi madre sintió un poco de vergüenza de tener que recibirla bajo las condiciones ya mencionadas, pero sin embargo la esperó con la mejor de las disposiciones, y con el espíritu hospitalario que siempre la han caracterizado. Al llegar del aeropuerto, ella y la hija, fueron recibidas con jarras de tres tipos de jugo en la nevera: curuba, mango y mora. La mujer y la niña alabaron el jugo como “el mejor jugo del mundo” y acabaron rápidamente las tres jarras, acompañadas con galletas de soda.

Luego de eso, acomodaron las maletas en la sala, donde pasaron la noche acostadas en el piso sobre unas colchonetas, al lado de las otras colchonetas donde dormía mi hermano con mi sobrina, viendo desde abajo un techo amenazador sobre sus cabezas. Al día siguiente, mi hermano recordó que había la posibilidad de que la mujer y su hija pasaran esos días en la casa de un amigo de su infancia, quien tenía unas condiciones económicas muy buenas. Él vivía en una mansión a las afueras de la ciudad, y tal vez podría recibirlas. Era una persona también hospitalaria, así que sin dudarlo un segundo, el amigo aceptó para que ellas fueran a pasar ese tiempo en su casa.

Lo que me sorprendió hace 22 años, y me sigue sorprendiendo hoy en día, es que las dos mujeres, cual fugitivas de guerra, llegaron con sus maletas a lo que más parecía un campo de refugiados que una casa de familia, sólo un día después de haberse ido.

Cuando Clemencia les abrió la puerta, les preguntó sorprendida qué había pasado. La respuesta de la mujer fue corta y clara: “Mira, muchas comodidades, lujos, servidumbre a nuestra disposición, una suite privada para nosotras dos, chimenea en el cuarto para calentarnos, plena disposición del amigo, pero aquí nos sentimos a gusto, allá no”.

Y fueron entrando como Pedro por su casa, y pasaron allí, en aquel campo de refugiados, una semana entre risas, “los mejores jugos del mundo” y un techo que esperó una semana para caerse, cuando ellas y todos los demás no estaban más.

Doy fe de que el amigo de mi hermano tuvo las mejores intenciones, sólo que algo oculto, 

mágico y especial tiene la casa de mi madre, una alta temperatura que capta todo el que llega, 

sintiéndose en casa, muy en casa.

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