Hace varios años, una mujer llegó a pasar unos días a
la casa de mi madre. Los tiempos eran difíciles, parecía que una guerra acabara
de terminar. La sala comedor estaba dispuesta con una mesa de madera
resistente, pero acompañada por unas sillas que estaban en sus últimos días de
vida, amarradas con elementos de todo tipo para evitar que se vinieran abajo si
alguien se sentaba.
Los sofás de la sala, hechos de bambú, habían perdido
en su mayoría los hilos de uniones, y los cojines estaban descoloridos por el
uso y desgaste normal de cinco jóvenes
saltando, acostándose, y sentándose en ellos durante 10 años. Los techos
eran de madera, y daba la sensación de que, literalmente, en cualquier momento
se vendrían abajo.
Vivíamos allí 5 personas, en un espacio de 40 m2
distribuidos en un pequeño salón comedor, una cocina de muñecas, un patio de
juguete, un baño y dos habitaciones diminutas. La mujer que llegó, cuyo nombre
para el caso es lo de menos, era algún pariente de mi cuñada, quien había
tenido que viajar a Bogotá por razones que tampoco vienen a cuento.
Mi madre sintió un poco de vergüenza de tener que
recibirla bajo las condiciones ya mencionadas, pero sin embargo la esperó con
la mejor de las disposiciones, y con el espíritu hospitalario que siempre la
han caracterizado. Al llegar del aeropuerto, ella y la hija, fueron recibidas
con jarras de tres tipos de jugo en la nevera: curuba, mango y mora. La mujer y
la niña alabaron el jugo como “el mejor jugo del mundo” y acabaron rápidamente
las tres jarras, acompañadas con galletas de soda.
Luego de eso, acomodaron las maletas en la sala, donde
pasaron la noche acostadas en el piso sobre unas colchonetas, al lado de las
otras colchonetas donde dormía mi hermano con mi sobrina, viendo desde abajo un
techo amenazador sobre sus cabezas. Al día siguiente, mi hermano recordó que
había la posibilidad de que la mujer y su hija pasaran esos días en la casa de
un amigo de su infancia, quien tenía unas condiciones económicas muy buenas. Él
vivía en una mansión a las afueras de la ciudad, y tal vez podría recibirlas.
Era una persona también hospitalaria, así que sin dudarlo un segundo, el amigo
aceptó para que ellas fueran a pasar ese tiempo en su casa.
Lo que me sorprendió hace 22 años, y me sigue
sorprendiendo hoy en día, es que las dos mujeres, cual fugitivas de guerra,
llegaron con sus maletas a lo que más parecía un campo de refugiados que una
casa de familia, sólo un día después de haberse ido.
Cuando Clemencia les abrió la puerta, les preguntó
sorprendida qué había pasado. La respuesta de la mujer fue corta y clara: “Mira, muchas comodidades, lujos, servidumbre a nuestra disposición, una suite
privada para nosotras dos, chimenea en el cuarto para calentarnos, plena
disposición del amigo, pero aquí nos sentimos a gusto, allá no”.
Y fueron entrando como Pedro por su casa, y pasaron
allí, en aquel campo de refugiados, una semana entre risas, “los mejores jugos
del mundo” y un techo que esperó una semana para caerse, cuando ellas y todos
los demás no estaban más.
mágico y especial tiene la casa de mi madre, una alta temperatura que capta todo el que llega,
sintiéndose en casa, muy en casa.
