Cuando el joven
Pablo vio que su hermana tenía ampollas en los pies por culpa de los zapatos
rotos, se prometió a sí mismo que a ella jamás le faltarían zapatos de ahí en
adelante, al igual que a ninguno de sus descendientes. A partir de ese día, con
solo 16 años de edad, empezó a trabajar en una empresa que le dio la
oportunidad de ir demostrando su capacidad de trabajo, pero ante todo, su
determinación y carácter. Con solo 37 años de edad, el hombre tenía garantizada
la vida económica para el resto de sus días. Eran tiempos diferentes, y la ley
establecía que una persona se podía jubilar con 20 años de trabajo. Su hermana,
así como su madre y sus hijos, tenían la posibilidad de vivir una vida con las
comodidades que tenía el hombre moderno, haciéndolos participantes de lo que se
conoce como clase media.
Pero la juventud
aún borboteaba en sus venas y decidió que dedicaría el resto de sus días a
hacer la mejor empresa que nadie hubiera conocido en el mundo. A partir de su
jubilación, comenzó a trabajar en su sueño. Su propósito era noble. Si creaba
una empresa familiar, él y todos sus hijos podrían trabajar allí, creando una
vía de recursos para todos sus herederos. Rápidamente, el producto que lanzó al
mercado fue reconocido como un bien de altísima
calidad, eficiente, moderno, y sobre todo, creativo. Las demandas comenzaron a
crecer tanto, que tuvo que desplazarse a otras ciudades del país a atender al
inmenso número de clientes que llegaban.
Hasta ese momento
lo acompañaban en su firma alrededor de diez personas que conocía
profundamente. Su trabajo era cálido, intenso, pero sobre todo, la relación
humana y de respeto entre todos, creaba un ambiente acogedor las horas que
pasaban en la oficina.
Luego de estar
establecida su marca en cuatro ciudades del país, en una de las ciudades, un
competidor le planteó una alternativa de unión. El competidor era un pulpo
astuto, uno de esos magnates modernos cuya filosofía es aquella máxima “el pez
grande se come al más chico”, o la ley de "sobrevive el más fuerte”. Hasta
ese momento, la empresa del personaje de este cuento, llevaba como marca su
apellido, y su emblema era una hoja de árbol amarilla. Pero el pulpo detrás de
su inmenso escritorio, con sus ocho brazos deslizándose ágil y disimuladamente,
comenzó a tentarlo. Unirse sería la posibilidad de expansión a nivel
internacional. Significaría el progreso tan anhelado, la tecnología apropiada,
y fundamentalmente, dinero de sobra.
Pablo volvió a su
ciudad nuevamente, atormentado por la duda, y con el compromiso de darle a C
una respuesta la siguiente semana. Literalmente, casi no consiguió pegar los
ojos. Daba vueltas en su cama. Si continuaba como estaba, tal vez no sería
multimillonario, pero podría atender a sus clientes bien, estaría tranquilo en
su ciudad, con su familia, y tendría el dinero suficiente para llevar una vida
sin necesidades para los suyos. Esa era una de las voces que escuchaba en sus
horas de insomnio. Pero otra de sus voces parecía hablarle más fuerte: le
prometía fama, dinero, relacionarse en clubes y con personajes importantes e
influyentes a nivel mundial. Le mostraba un futuro lleno de bienes lujosos,
unos hijos formados en las mejores universidades del exterior. Fue una semana
intensa. El último día, cuando iba a viajar a dar su respuesta, su hermano más
cercano le recomendó que no lo hiciera. Perdería su libertad, su autonomía, y
su poder de decisión. Sería vender sus principios, sus valores, pero sobre
todo, su independencia personal como ser humano.
Durante el vuelo
Pablo continuó pensándolo, pero la voz más fuerte lo convenció de que firmara
el acuerdo. Y los resultados fueron los esperados: millones de millones
ganados, fama, prestigio, relaciones con personajes de los mayores niveles,
reuniones elegantes, viajes alrededor del mundo, muchas personas en su casa.
Una inmensa
soledad, frustración e impotencia cuando unos años después el pulpo lo presionó
a vender el 47% de sus acciones porque Pablo no tenía el dinero suficiente para
invertir en las nuevas tecnologías que precisaba la empresa. Un dolor inmenso
de ver a sus "amigos" presionándolo quince años más tarde a vender el
último 3% de las acciones. Un terrible arrepentimiento y dolor inexplicable,
cuando a sus ochenta años le dijeron que no podía tener más voz ni voto en las
asambleas, pero que sería "Vicepresidente Honorario Vitalicio",
título demasiado rimbombante cuando la voz de uno no es escuchada. Su entierro
fue pagado con lujos por los pulpos, quienes solo seis años más tarde, y para
cerrar con broche de oro, acabaron con el último emblema del legado de la
empresa: el símbolo de su producto. Y yo me pregunto, como se preguntó Tolstoi:
¿Cuánta tierra necesita un hombre?
