13 diciembre 2016

¿Cuánta tierra necesita un hombre? Versión colombiana de una historia cercana.

Cuando el joven Pablo vio que su hermana tenía ampollas en los pies por culpa de los zapatos rotos, se prometió a sí mismo que a ella jamás le faltarían zapatos de ahí en adelante, al igual que a ninguno de sus descendientes. A partir de ese día, con solo 16 años de edad, empezó a trabajar en una empresa que le dio la oportunidad de ir demostrando su capacidad de trabajo, pero ante todo, su determinación y carácter. Con solo 37 años de edad, el hombre tenía garantizada la vida económica para el resto de sus días. Eran tiempos diferentes, y la ley establecía que una persona se podía jubilar con 20 años de trabajo. Su hermana, así como su madre y sus hijos, tenían la posibilidad de vivir una vida con las comodidades que tenía el hombre moderno, haciéndolos participantes de lo que se conoce como clase media.


Pero la juventud aún borboteaba en sus venas y decidió que dedicaría el resto de sus días a hacer la mejor empresa que nadie hubiera conocido en el mundo. A partir de su jubilación, comenzó a trabajar en su sueño. Su propósito era noble. Si creaba una empresa familiar, él y todos sus hijos podrían trabajar allí, creando una vía de recursos para todos sus herederos. Rápidamente, el producto que lanzó al mercado fue reconocido como un bien de altísima calidad, eficiente, moderno, y sobre todo, creativo. Las demandas comenzaron a crecer tanto, que tuvo que desplazarse a otras ciudades del país a atender al inmenso número de clientes que llegaban.

Hasta ese momento lo acompañaban en su firma alrededor de diez personas que conocía profundamente. Su trabajo era cálido, intenso, pero sobre todo, la relación humana y de respeto entre todos, creaba un ambiente acogedor las horas que pasaban en la oficina.

Luego de estar establecida su marca en cuatro ciudades del país, en una de las ciudades, un competidor le planteó una alternativa de unión. El competidor era un pulpo astuto, uno de esos magnates modernos cuya filosofía es aquella máxima “el pez grande se come al más chico”, o la ley de "sobrevive el más fuerte”. Hasta ese momento, la empresa del personaje de este cuento, llevaba como marca su apellido, y su emblema era una hoja de árbol amarilla. Pero el pulpo detrás de su inmenso escritorio, con sus ocho brazos deslizándose ágil y disimuladamente, comenzó a tentarlo. Unirse sería la posibilidad de expansión a nivel internacional. Significaría el progreso tan anhelado, la tecnología apropiada, y fundamentalmente, dinero de sobra.

Pablo volvió a su ciudad nuevamente, atormentado por la duda, y con el compromiso de darle a C una respuesta la siguiente semana. Literalmente, casi no consiguió pegar los ojos. Daba vueltas en su cama. Si continuaba como estaba, tal vez no sería multimillonario, pero podría atender a sus clientes bien, estaría tranquilo en su ciudad, con su familia, y tendría el dinero suficiente para llevar una vida sin necesidades para los suyos. Esa era una de las voces que escuchaba en sus horas de insomnio. Pero otra de sus voces parecía hablarle más fuerte: le prometía fama, dinero, relacionarse en clubes y con personajes importantes e influyentes a nivel mundial. Le mostraba un futuro lleno de bienes lujosos, unos hijos formados en las mejores universidades del exterior. Fue una semana intensa. El último día, cuando iba a viajar a dar su respuesta, su hermano más cercano le recomendó que no lo hiciera. Perdería su libertad, su autonomía, y su poder de decisión. Sería vender sus principios, sus valores, pero sobre todo, su independencia personal como ser humano.

Durante el vuelo Pablo continuó pensándolo, pero la voz más fuerte lo convenció de que firmara el acuerdo. Y los resultados fueron los esperados: millones de millones ganados, fama, prestigio, relaciones con personajes de los mayores niveles, reuniones elegantes, viajes alrededor del mundo, muchas personas en su casa.


Una inmensa soledad, frustración e impotencia cuando unos años después el pulpo lo presionó a vender el 47% de sus acciones porque Pablo no tenía el dinero suficiente para invertir en las nuevas tecnologías que precisaba la empresa. Un dolor inmenso de ver a sus "amigos" presionándolo quince años más tarde a vender el último 3% de las acciones. Un terrible arrepentimiento y dolor inexplicable, cuando a sus ochenta años le dijeron que no podía tener más voz ni voto en las asambleas, pero que sería "Vicepresidente Honorario Vitalicio", título demasiado rimbombante cuando la voz de uno no es escuchada. Su entierro fue pagado con lujos por los pulpos, quienes solo seis años más tarde, y para cerrar con broche de oro, acabaron con el último emblema del legado de la empresa: el símbolo de su producto. Y yo me pregunto, como se preguntó Tolstoi: ¿Cuánta tierra necesita un hombre? 

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